Baliza para la literatura

La velocidad que se escuece en estos tiempos implica que las pausas son cada vez más fugaces. Son vorágines de alto voltaje. Vivir implica el movimiento constante y veloz de las cosas, los gestos, las inquietudes en el traslado de un cuerpo de un lugar a otro. De igual manera esa circulación aplica a la mente. ̣¿Cuán posible es el espacio literario contemporáneo? Supongamos que se logra lo cuestionado anteriormente ¿cómo se caracterizaría el espacio, si alguno, que subyace a la crítica literaria? Son ademanes vulnerables a la diseminación del olvido como contraparte.

El ciberespacio que ocupa nuestras mentes no requiere sutilezas. Cada vez la literatura se halla más arrinconada. O es olvidada con mayor frecuencia. Y alguien dirá: todo se olvida. Y sí, hasta uno mismo es sujeto a olvidarse de su propia existencia. Pero más allá de ese vacío inherente a la ontología más humana hay un rescate para todo olvido. Luego del deseo inocente de que el gesto cultural sea apreciado, está la realidad voluptuosa de que ese deseo es sobretodo deseo, es esencialmente deseo. No todo sujeto se piensa ubicado en un espacio cultural, y muchas veces ni se piensa como actor sociológico. Hay veces que los sujetos ni se piensan a sí mismos.

Entonces, en un paisaje realista (más realista que las aburridas bailarinas de Degas): el espacio literario es uno que contiende para ‘ser’, en términos aristotélicos y hegelianos. Es ubicar el barco esclavista en la pintura de Turner. Señalar el dolor en un cuadro de Basquiat. El sujeto escritor es el desafío a esa velocidad y presencia acaparadora de Golem. Es un sujeto que se asemejará más a la luz. Con esa velocidad siempre constante para lograr el reflejo, a pesar de contraponerse a la materia más densa, su emisión constatará el centelleo que distinguirá ‘lo literario’, como decía Valéry, de todo lo demás. Es acaso el escritor el artista que asume el más arduo de los retos. La música por su naturaleza se manifiesta de una manera que tendrá un receptor presente, quiera o no quiera, en el lugar que haya música sin audífonos, habrá un receptor. El artista plástico ocupará un espacio innegable y nunca separable a su obra. Para quien tenga ojos, el brochazo, la forma, la textura estará ahí, y aún sin voluntad, el espectador tendrá que reconocer su hallazgo o lo que ha sido revelado ante sus ojos como materia concreta, frente a sus ojos ha acontecido el arte. Es la literatura el lugar que habrá de realizar su compleja tarea de atraer como moléculas a los lectores e incitar que ese lector preste el espacio de su mente, detenga su prisa, distienda su ontología y ocupe el espacio literario.

Hoguera

Aquel sabor amargo

del que muerto nos lanza hacia la

hoguera

es desprecio azuzando al fuego

que se levanta como una gran pared

e imperiosamente nos recuerda:

No somos fragmentos de huesos

lanzados al mar.

La insistencia en existir es la bandera.

Lo que asume una certeza de árbol,

una hoja.

Los que no tenemos nada

para saltar al vacío

del que nada pierde.

Hay un intervalo que pende

entre el mundo y la muerte.

Nos toca abandonar la sed

anclada por canallas en las bocas.

Profanar nuestras tumbas.

Que se levanten osarios

transformados en cuerpos.

Tomar la venganza de nuestros

muertos traicionados.

Ser un bosque en llamas.

La impetuosidad de un héroe.

Un grito que atraviesa

la superficie de todas las quietudes.

Cinabrio

Escribir es aceptar que toda memoria es un fracaso. Y pudiese esbozarse de manera contraria igualmente definitoria. O el sesgo de ambas ideas. Los bordes de un fractal contenido en una caja de espejos. No tengo que correr a buscar la cita de algún teórico francés o filósofo alemán para servirle de bastón a la idea. Es la idea misma el contrapeso de su ontología posible. Como las historias de fantasmas. Sus avistamientos en hospitales, casas tomadas, fábricas abandonadas, sembradíos mustios o cementerios aledaños. El fantasma es. Su fantasmagoría es inagotable. La tensión que escuece su espectro es inoportunamente improbable, y por improbable: posible.

Sabía la historia del hotel Overlook y del bartender fantasma que se escuchaba sirviendo tragos a diestra y siniestra en la barra. Era un ruido cotidiano, cosa de todos los días más o menos a la misma hora. El cristal contra la madera, el chorro del barril de cerveza servida en ningún vaso, el salón de baile vacío, las sillas altas en la barra inhabitadas, el efecto de la cristalería y sus destellos animados, uno allá, otro acá casi flotando, un ruido que irrumpía como abrir un elevador a una calle ruidosa, de continuo movimiento de pasos, tacones zapateando un jazz poco audible…pues así.

El futuro del fantasma, como el futuro del escriba es un tiempo descarnado. Todos allá abajo estaban jodidos, todos habían muerto. El desastre era inentendible y se le llenaba la cabeza de un pensamiento líquido que le hacía reventar la sien, la presión inaguantable, como un globo a punto de estallar.

“Everyone in the story is a giant fake in one way or another, but for most of them it’s a survival mechanism. How the hell are you supposed to be “authentic” when’s everyone’s telling you you don’t exist?” Esto lo leyó en alguna parte. No recordaba dónde. Buscó y requetebuscó en los magazines al pie de su cama. Lo había apuntado en una libreta junto a direcciones de emails y números de teléfono de personas que apenas recordaba. Entonces tomó conciencia de que la fantasmagoría es inescapable: porque cada vida era un fantasma vivo de otra cosa. Y a medida que pasaba el tiempo todo era cada vez más fantasma, cada vez más ilusorio.

Lo fantasmagórico era el frío. La brisa en un lugar cerrado. Ya confirmadas las ventanas cerradas; comprendió que el miedo era un estado de conciencia, que todo iba a estar bien si él controlaba sus pensamientos. Miedo es ver las gaménidas y no entender el movimiento de trozos de piedra encendidas en fuego, como lanzas de un dios enfurecido.

-¿Cómo piensas la muerte?

-¿A qué te refieres?

Se decía a si mismo. La voz interna era todo el tiempo una metanarrativa. ¿Y acaso así no lo es todo? Una matrioshka de preguntas con corteza de respuestas. Capas de árbol donde se intersecta el fantasma del tiempo. El más temido por todos. La interposición de los recuerdos, la memoria en desorden, la precariedad del recuerdo; todo eso le venía a la mente mientras permanecía inmóvil en el suelo.




Elegía Marítima

Debí escribir esta misiva al llegar a casa aquella noche luego de estar horas buscándote en la oscuridad del mar. Pero tenía las manos temblorosas, todo de mí temblaba como las hojas que me mostraste cuando les daba el viento. Yo no estaba en mí. Era inmenso el caos en mí. Yo estaba en otra parte. Tal vez rogándole a lo que fuese, lo que pudiese ser, aquello que en mi mente no era posible hasta ese instante, algo que te devolviera a la orilla, algo que mostrase tu silueta en el horizonte contra el claroscuro de aquella noche terrible. Era inmenso aquel espacio, como un lienzo. Un supervacío, la estructura más grande que ha visto la humanidad, yo pensaba eso mientras te buscaba, aunque apenas podía pensar, pensaba aquella conversación que tuvimos cuando vimos el sol flotar como un globo encandilado, te explicaba como hay un punto frío en el haz de luz más antiguo del universo y ese punto frío se me clavaba en el pecho. Aquel instante me atravesaba. No había cosmología posible. Era un remolino voraz que me tragaba, me sacaba el aire, me sofocaba.
Seguramente si hubiese escrito en ese momento cuando ya estaba todo perdido, no hubiese recordado el rostro que figurabas cuando escuchábamos a Nina, tú en la cocina, yo en la butaca, el sonido del agua contra los platos, mi cabeza reclinada y la voz como viniendo del centro de un ausubo hueco

Played with fire and I was burn

Gave a heart but I was spurn
All these time I have yearned
Just to have my love return

Years have passed by
The spark still remains
True love can’t die
It smoulders in flame
when the fire is burning off
and the angels call my name
Dying love will leave no doubt
I’m the keeper of the flame 


Y sonreías. Aquella carta de manos temblorosas no se hubiese parecido a esta. Hubiese sido un remolino de orguídeas muertas que aceleran hacia un precipicio. Imposible ontología.
En cambio ahora, puedo escuchar como con la voz felina, esa voz felina que asumías en la madrugada, Porgy, me decías, yo soy Nina. Y la cantabas. Como una dulce centinela de mi sueño. 

I love you, Porgy

Me cantabas

Don’t let him take me
Don’t let him handle me and drive me mad
If you can keep me
I wanna stay here with you forever
I’ve got my man

Cantaba Nina.

Someday I know he’s coming to call me
He’s going to handle me and hold me soon
He’s going…

Pero la cantabas tú. El océano. Annabel Lee. De eso hablaba la canción, yo ignoraba el deja vu. Yo intuía que algo no se parecía a la figura exacta de tus gestos. Intuía que aquel momento no encajaba como aquella pieza del rompecabeza que estuvimos buscando en la arena. ¿Recuerdas? Era un fragmento de una barcaza azul que contabas te traía a la memoria  cuando ibas en una parecida para ver la aurora boreal en tu último viaje. 

Komorebi. Llegaste con esa palabra de ese viaje. Lo recuerdo como ahora. La escuchaste.en una conversación e indagaste curiosa. Esa luz que se esparce entre las hojas temblorosas por el viento. Pero esa noche, aquella noche que regresé sin ti, no había critpografía, ni luz posible, ni palabras como signo, ni lenguaje. Sólo un supervacío con un punto frío intenso. Una estocada de acero. Una muerte propia.

Memorabilia

[fragmento de novela]

El futuro es un espacio imposible.

La utilidad de los recuerdos la vino a entender muy tarde en la vida. Veía las fotos viejas. ‘Pero no sólo las fotos albergan recuerdos’. Allí estaba la maquinilla, el recuerdo de ese sonido en las noches, la luz a través de la cortina que cubría imparcialmente los vitrales de lirios diseñados en las ventanas.

Quería darle volumen al personaje. Decía que era una manera de densidad. Sólo en lo denso nos acercamos a una posible verdad y esa era su filosofía de escritura. “Sólo ahí ostentamos el recuerdo.” Igual que los pájaros, los libros nos recuerdan los lugares en los cuales hemos estado mucho más que el lugar mismo. Así guardaban los pájaros la memoria de lo leído. ¿Qué lees?- siempre me preguntaba cada vez que nos veíamos. Le interesaban esas cosas, los pájaros estaban ahí como una fuente incesante de la memoria.

Siempre pensé que esa memoria estaría adentro de sus ojos amarillos como un vórtice. Como una flor giratoria, como la machina de aquella noche en la cual no había un padre, yo me lo imaginaba así, recibiéndome, con los brazos abiertos, y con la dulce nube de algodón y la manzana glaceada, con el brillo fulgurante sobre el rojo más espeso de todos los rojos.

¿Te has quedado alguna vez embelesado con los colores de una imagen en la textura del aire? Eso precisamente es una flor.

Muelle

[fragmento de novela]

Y eso me ponía a pensar, por qué ese gusto por las fotos sobre la mesita de noche.

Por qué invocar a los queridos antes de dormir. ¿Para qué? Acaso el miedo a no regresar de lo que pareciera un vórtice de cosas, símbolos, memorabilia. Nunca soñé con la playa, pero sí con el mar pegando fuerte contra un gran muro cubierto de algas violáceas y verde obscuro, la lluvia de sal caía desde arriba luego de que la espuma descendiera por la pared de piedra y el sonido del desvanecimiento de la espuma era lo único en común entre ambos mundos. Ese sonido cuando arrastramos hasta el alma en las rodillas. El sonido del desvanecimiento del mar en mis heridas.

A mi que nadie me había explicado el tiempo, cómo se deshace, su delicadeza en el ser. La fragilidad. Recordé un soplador de vidrio, los colores que reflejaban el candor del fuego. Sus anaranjados. El tiempo tiene una maleabilidad  y es azul cobalto. Pero se deshace, así como el horno encandila en el cristal lo que estaba por perderse. Así eran los recuerdos.

Había una media de colar café. Hice café mientras nos calentábamos las manos con la fricción acelerada. El pan y el café con leche sobre una mesa de caoba. El descenso del café como un riachuelo, ese sonido constante me traía a la memoria que somos breves como el sorbo y acaso una pulsación del tiempo. Dafne vivía con la filosofía  de vivir la vida como algo que se olvidaría inescapablemente mientras yo la vivía con la convicción de otro tiempo posible. Le reventaba que esa era mi filosofía de vida. Total, de lo que había presagiado sólo los solsticios eran ciertos. Tan ciertos como el trozo de pan cortado en rebanadas, doradas por fuera, con algo de tibieza adentro, y un café recién colado en media. Desterrando todos los olores que habitaban la humedad del lugar. La taza de café colocada sobre un platito de porcelana con un barco pesquero dibujado en tinta azul al lado de un muelle sobrevolado por pájaros diminutos que habrían requerido un trazo firme y preciso como un reloj sueco. Había un tablillero repleto de bibelots, la pared contigua llena de relojes con sus péndulos todos funcionando excepto uno que otro rememorando la naturaleza de una casa abandonada. Como en el horror vacui, no había espacio para el espacio en aquella pared. Y eso nos hacía pensar en el espacio. Ahora la libertad era adentro. Afuera, los pájaros habían creado pánico. Lo habían ocupado casi todo. Los cables, las ramas de los árboles, las piedras, algunos botes abandonados.

Pájaros

[fragmento de novela]

– Porque siempre me pareció que los pájaros hablaban de un tiempo por venir, no que hablaban literalmente, son metáforas, símbolos, la línea invisible que se traza de un pasado a un futuro a las alas abiertas  del ahora. Por los pájaros conocerás los temporales. – miraba hacia la lejanía como quien mira un recuerdo.

 Y el tiempo. – se escuchó la voz cansada.

El vapor del agua en hervor inundaba el cuarto. Era el anís estrellado y canela para alejar los malos espíritus del lugar.

Un asunto siniestro había en los álbumes familiares. Cada vez lo humano era más lejano. Venimos de escribirnos cartas hasta tener encriptado el pensamiento. Estos pájaros no eran de carne, eran imágenes líquidas, el deseo de alguien. Veníamos huyendo de unos pájaros inquietos, insatisfechos.

Y ese olor me llevaba a la memoria que nunca pude asir, pero de la cual me hablaban mis tías. La mesa servida, la mesa con la cena concluída, desordenadas las servilletas y el plato servido con postres de arroz, de harinas, el extracto de vainilla, el anís y su corteza fractaria. Por qué hubo un tiempo de álbumes y memorias cuando íbamos directo al paisaje de la ruina. La ruina como número al que se asiste para aliviar la ausencia, la música de una alegría que antes se esbozaba como fórmula de vida, mucho antes que los pájaros.

La estopilla de hilo blanco con un patrón de fractales de Vicsek, era lo único interpuesto entre nuestra mirada y el horizontes. Y en el tendido eléctrico, dispuestos en orden, los pájaros, allí quietos como estatuillas de ébano.