Fractal

‘Los cuervos afirman que un solo cuervo podría destruir los cielos. Incuestionable es la cosa, pero no prueba nada contra el cielo, porque cielo significa precisamente la imposibilidad de los cuervos.’- Franz Kafka

Provoco un estratagema del olvido. Una manera de trazar las ventanas por las cuales pájaros salen presurosos con el ruido que antecede al silencio de la nada. La imposibilidad del cielo es la existencia de los pájaros. Y por supuesto eso fue escrito antes de ser escrito porque escribir es a lo que se regresa luego de no encontrar salida. Un laberinto de humo. Un relámpago de aleteos en la multitud del instante que figura una lluvia de gemínidas. Evoco una estrategia para desafiar el olvido. Un malabar de pulsión. Escribir es entrar a una casa de espejos. Mientras más te acercas al reflejo más sientes el extravío de la propia imagen: La oblicuidad que otorga el gesto literario de quien escribió que cada palabra antes de escrita mira primero en torno suyo. Es adentrarse al espesor de la niebla, al enigma que habita cada nombre o cada árbol. Ese espejo roto levanta como fantasma la reverberación de la luz sobre las cosas. Y el límite de la mirada es arrojarse al vacío y cruzar la cuerda floja con las raíces que se extienden como un tren de acero justo en la línea que divide la lejanía del cielo. En ese océano donde la caída de hojas se fragua en la velocidad lenta del destierro del sentido, se escribe la palabra que es la habitante natural de la casa de espejos sin ventanas y sin escapatoria.

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