Del olvido


Desafiantes del olvido, los sueños, que en su mayoría se habían tornado en pesadillas, me llevaban a la niñez cuando mi padre regresaba con un saco de jueyes que irían directamente a la olla, línea recta entre el ruido y el hervor. No olvidaba el traslado del saco, a la goma gigante con su parrilla y días más tarde a la olla, donde parecían uñas rasgando el metal sobre el caldero humeante hasta que dejaban de escucharse. Ultimamente era así como se sentía, una memoria a la que poco a poco se le difuminaba la música para sumergirse en el silencio de lo atroz, cuando la neblina descansa violentamente sobre el horizonte, como cualquier objeto tras la cortina.  La memoria es un artefacto al que hay que forzarle su naturaleza esbozando una arquitectura del recuerdo, las fotos, las fijaciones súbitas de enmarcar en la quietud un momento en velocidad. Quería documentar la muerte, escribiendo la quietud allí donde quería decir noche fría en la montaña, el lanzamiento al abismo como maniquí de una narrativa donde todo pierde sentido, ¿ pero, cómo edificar una noción coherente del sinsentido? Sólo en la escritura era posible. Imaginaba el movimiento del crustáceo sobre la arena, la escritura era eso, movimiento, lo que se escucha en la noche que no muchos imaginan, los demás andaban con ojos fijados en alguna pantalla, pero aún así caminan los sonidos de maderas sobre las piedras, aunque no recuerdo si pensaba esto antes de aprender algunas palabras.  

  [fragmento de novela inédita]  

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