El conjuro

El conjuro es la ola repetida. Decir el mismo nombre, decir lo mismo. La idea monocromática va adquiriendo sus matices, sus colores, un firmamento de especias que llueven luego sobre los desiertos que nos habitan. La espesura de la idea retomando las textura que quiebra el contenido. Me asomé por la ventana aquella tarde. Vi a la clarividente rodeada de gente pero con una mirada sola. Observé sus manos en movimientos suaves pero firmes. Las cartas entre las manos, develando un libro vivo.  Los ojos de él fijos en la mesa de caoba. Al sahumerio de salvia le brotaban fantasmas livianos, delgados, lentos, con movimiento grácil. ¿Sabría que iba a morir aquella tarde? Nadie sabía. ¿Cómo saberlo? Le repetía la palabra encuentro, una amante, una moneda de oro promesa de fortuna. La uñas largas de color rojo purpúreo hacían pequeños ruidos sobre la superficie de la mesa al colocar las barajas bajo la tenue luz de una lámpara. La palabra sueño y retorno repetía. Un viaje por hacer. En los ojos color resina de árbol bailaba una sombra. Él temblaba al verla. Su mirada fija en donde la sombra no puede ser parte de la totalidad pues entonces sólo sería una reminiscencia de la noche y no de la sombra misma. Una fragancia de azucenas abarca el cuarto. Las flores salen  por la ventana. Su aroma inunda el callejón.

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