Miedos

‘Soñará mundos tan intensos que la voz de una sola de sus aves podría matarte.’

Alguien soñará – Jorge Luis Borges

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Los miedos más pequeños suelen ser los más terribles. Podría decirse que el miedo a montarse en un avión, esa máquina que conquista cielos, es un miedo grande, inmenso. Caerse de esas alturas no es cosa liviana y eso es comprensible. El temor de Giordano a las mazmorras fétidas y húmedas era ninguno según cuentan aunque eran corolario de que algún día sería quemado vivo, aunque supiera de antemano que le clavarían la lengua o se la paralizarían con una brida de cuero para que no pudiese hablarle a los espectadores mientras ardía en llamas antes que sus cenizas fueran arrojadas al Tíber. Sin embargo tengo un amigo al que le causa pavor la estática. Y una amiga que no quiere dormir sola porque teme que el peso de un muerto a modo de fantasma se siente en un lado de su cama. Para amainar la ansiedad coloca almohadas a su lado creyendo así que el fantasma optará por visitar a otra persona. Ignora que los espíritus no tienen traba alguna a la hora del deseo de hacerse sentir. Las preferencias no son transferibles cuando transmuta un cuerpo. El jefe de mi sobrino no puede atravesar túneles. Ni siquiera el Minillas que es tan corto que no es túnel, ni hay luz al final de este ya que su brevedad lo descalifica para serlo. Él prefiere tomar la ruta larga porque esas cavidades por más breves que sean provocan la súbita aceleración de su ritmo cardiaco. Un arqueólogo sentía una mezcla de euforia y espanto al hallar junto a sus colegas barcos hundidos en las rutas antiguas trazadas entre el mar Egeo y el Levante mediterráneo. Pero no era la existencia de los barcos lo que le causaba sobresalto sino el posible contenido de las ánforas apiladas en el interior de uno de ellos. Al ver aquello sintió escalofríos en su cuerpo apretado por el látex de su traje de buzo y la temperatura del mar. Aún teniendo la certeza que las más pequeñas, en forma parecida a las de una zanahoria, solían contener garum, la conocida salsa romana confeccionada con vísceras de pescado. Uno de los lugares más temidos en la historia era el ádyton. Al descenso de la pitia le acompañaba un bastón de laurel mientras saciaba la sed en la fuente de Casotis ubicada frente a la grieta de la cual emergía un vapor incesante mientras profería palabras incomprensibles y designios que luego transcribirían en un código que el prophetai ayudaría a interpretar. El archivo que contenía la lista de consultantes, las preguntas que estos hacían junto con las respuestas era lo más temido, se rumoraba que una vez los ojos puestos sobre lo que allí estaba anotado invocaría una realidad alterna, aunque al oráculo se le pagara en pélanos y los más pudientes en estatuas. No había manera de que la indagación no avivara el fantasma de los sucesos predichos. Al fin y al cabo los archivos muestran que ni aún los domadores de bestias escapaban a los designios sin saber que eran todos provocados por la pregunta misma. El temor más sencillo de todos data del tiempo de la invención del espejo. Conozco quien los evita creyendo que así posterga el surgimiento de las líneas del rostro que van trazando el mapa que nos conduce a la muerte.

 

 

 

 

 

 

 

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