Fantasmas al óleo

Asumió la postura de su sombra. El bastón que le ayudaba a incorporarse era un pedazo de madera, un largo pedazo de madera de aquel cuadro que le había regalado su madre. Souvenir de un pintor haitiano cuando viajó en crucero. Estaba en una esquina de la casa, junto a otros objetos escondidos tras de él. Entre los anaranjados, amarillos, azules y verdes brillantes se representaban siluetas como sombras que emergían en fuga de pequeñas ventanas oscuras pintadas sobre la arena, al borde de una orilla de mar sólido en aparente quietud.

Se le hacía difícil moverse. Reptar no era una opción. Había perdido el brazo derecho en Corea y sólo le quedaba un brazo para apoyarse y desplazarse como insecto moribundo entre la sala y la cocina. La madera alargada de uno de los bordes del cuadro era su sostén. Imposible caminar sin aquel bastón improvisado.

Estaba solo. Ni árbol, ni hijo y mucho menos libro; ni la madre que en aquella ocasión había llegado toda sonreída, con un objeto grande, rectangular como una ventana, envuelto en papel de estraza con su nombre en grafito y haciendo lucirlo entre sus brazos en movimientos torpes, pasando dificultad.

– Lo vi y me recordó a ti. Tiene ese enigma que te vi en los ojos tan pronto los abriste al mundo.

Rasgó el papel. Con el mismo ánimo que un niño de siete años rompe el envoltorio de su regalo añorado. Cumplía venticuatro. Con un par de años ingresado a la universidad. Pero ya con el peso insoportable de ser llamado al conflicto bélico en tierras  acaso desconocidas. Con la ansiedad de tener que irse a un lugar ignoto donde las palabras todas serían distintas, los aromas irreconocibles, la memoria no era otro lugar posible. Con todo esto habitando vertiginosamente su pensar, rasgó el papel y soltó una carcajada de asombro.

– Jamás me lo imaginé así.

Ese jamás era un lugar breve. Transitado entre el espacio de los ruidos que hacían los tacos blancos de su madre al entrar por la puerta del diminuto apartamento y el momento en que sus ojos se adentraron en las oscuras ventanas pintadas sobre la arena brillante del mar que ocupaba ese espacio. Cómo era posible sostener el peso de un enigma tan voluminoso entre sus manos. Siluetas emergían como fantasmas de óleo que salen espantados de la arena. Pero estos no eran fantasmas de lo translúcido, eran siluetas de color oscuro, sólidas  sombras de obsidiana. Y así lo recordaba. El momento que recibió el cuadro de las manos de su madre. Una madre como ninguna. La que en sus más hondas fragilidades estuvo ahí para evitar el hambre, el cansancio y la preocupación. Él sabía que ese instinto estaba en muchas. Aunque sabía que las había canallas. Guardadas solas para satisfacer su espejo, sus torpes ideas de sí. Por eso cuando las mismas manos que le entregaban aquel cuadro ya estaban temblorosas sin atino, con un cuerpo desmedidamente frágil, él se arrastró como pudo. Como un pájaro herido al asomo de aquellas ventanas alargadas dispuestas sobre la arena. No eran siluetas a la manera de pinceladas de Remedios Varo. Eran otro modo del espectro, los aromas de gardenia que su cabello adornaban en su memoria de niño. Los pasos torpes a la esquina poblada de objetos que una vez sus manos pequeñas llevaron al tacto y a su tierna manera de no sentirse solo. Una flauta dulce, un trompo, un arlequín de tristeza y un cuadro cobertor del pasado. Un paisaje de colores que abrigaba, bajo una estela de polvo, el tiempo recorrido y una muerte irremediablemente solitaria.

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