Sepia

[fragmento de novela]

Buscaba el lado de su dormitorio donde la luz resultase amable para trazar la línea. Recordó la sentencia de Gavarni: ni un solo día sin una línea. Había recibido la caja de colores, las acuarelas, esa tarde trabajaba el pincel y esfumino, apenas aplicaba color. Se le hacía insoportable la idea de que su compañero de cuarto se marcharía pronto, llevándose consigo los aguafuertes y bocetos pegados a la pared. Los sauces, los olmos, las cabañas, los obreros, las campesinas doblando su lomo como gatos petrificados sobre la maleza que recién había logrado dominar en su trazo taciturno. Y por su cabeza volaba como pájaro reincidente la idea shakesperiana de vencer lo que se resiste, esta vez sus trazos al carbón de aquel árbol que no se dejaba dibujar como si tuviese la voluntad viva de no existir en un plano bidimensional. Se abría un abismo entre la naturaleza y el movimiento de la mano. Había una metafísica inherente a la búsqueda de esa luz. Una resistencia al pulso de la muerte. Era la única forma que había entendido su ida hasta entonces. Trazando meridianos de lo vivo a lo muerto, del árbol al papel. Entonces la búsqueda de luz precisa era lo que le quedaba. Ya las paredes del cuarto vacío hablaban de la ausencia de su amigo, el viaje en tren hacia el norte, la convicción de mantra que le repetiría el poeta: la duda lleva a la forma. Acaso surgía del trazo en el papel un epitafio precoz a la antesala del ocaso.

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