Elegía Marítima

Debí escribir esta misiva al llegar a casa aquella noche luego de estar horas buscándote en la oscuridad del mar. Pero tenía las manos temblorosas, todo de mí temblaba como las hojas que me mostraste cuando les daba el viento. Yo no estaba en mí. Era inmenso el caos en mí. Yo estaba en otra parte. Tal vez rogándole a lo que fuese, lo que pudiese ser, aquello que en mi mente no era posible hasta ese instante, algo que te devolviera a la orilla, algo que mostrase tu silueta en el horizonte contra el claroscuro de aquella noche terrible. Era inmenso aquel espacio, como un lienzo. Un supervacío, la estructura más grande que ha visto la humanidad, yo pensaba eso mientras te buscaba, aunque apenas podía pensar, pensaba aquella conversación que tuvimos cuando vimos el sol flotar como un globo encandilado, te explicaba como hay un punto frío en el haz de luz más antiguo del universo y ese punto frío se me clavaba en el pecho. Aquel instante me atravesaba. No había cosmología posible. Era un remolino voraz que me tragaba, me sacaba el aire, me sofocaba.
Seguramente si hubiese escrito en ese momento cuando ya estaba todo perdido, no hubiese recordado el rostro que figurabas cuando escuchábamos a Nina, tú en la cocina, yo en la butaca, el sonido del agua contra los platos, mi cabeza reclinada y la voz como viniendo del centro de un ausubo hueco

Played with fire and I was burn

Gave a heart but I was spurn
All these time I have yearned
Just to have my love return

Years have passed by
The spark still remains
True love can’t die
It smoulders in flame
when the fire is burning off
and the angels call my name
Dying love will leave no doubt
I’m the keeper of the flame 


Y sonreías. Aquella carta de manos temblorosas no se hubiese parecido a esta. Hubiese sido un remolino de orguídeas muertas que aceleran hacia un precipicio. Imposible ontología.
En cambio ahora, puedo escuchar como con la voz felina, esa voz felina que asumías en la madrugada, Porgy, me decías, yo soy Nina. Y la cantabas. Como una dulce centinela de mi sueño. 

I love you, Porgy

Me cantabas

Don’t let him take me
Don’t let him handle me and drive me mad
If you can keep me
I wanna stay here with you forever
I’ve got my man

Cantaba Nina.

Someday I know he’s coming to call me
He’s going to handle me and hold me soon
He’s going…

Pero la cantabas tú. El océano. Annabel Lee. De eso hablaba la canción, yo ignoraba el deja vu. Yo intuía que algo no se parecía a la figura exacta de tus gestos. Intuía que aquel momento no encajaba como aquella pieza del rompecabeza que estuvimos buscando en la arena. ¿Recuerdas? Era un fragmento de una barcaza azul que contabas te traía a la memoria  cuando ibas en una parecida para ver la aurora boreal en tu último viaje. 

Komorebi. Llegaste con esa palabra de ese viaje. Lo recuerdo como ahora. La escuchaste.en una conversación e indagaste curiosa. Esa luz que se esparce entre las hojas temblorosas por el viento. Pero esa noche, aquella noche que regresé sin ti, no había critpografía, ni luz posible, ni palabras como signo, ni lenguaje. Sólo un supervacío con un punto frío intenso. Una estocada de acero. Una muerte propia.

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