Cinabrio

Escribir es aceptar que toda memoria es un fracaso. Y pudiese esbozarse de manera contraria igualmente definitoria. O el sesgo de ambas ideas. Los bordes de un fractal contenido en una caja de espejos. No tengo que correr a buscar la cita de algún teórico francés o filósofo alemán para servirle de bastón a la idea. Es la idea misma el contrapeso de su ontología posible. Como las historias de fantasmas. Sus avistamientos en hospitales, casas tomadas, fábricas abandonadas, sembradíos mustios o cementerios aledaños. El fantasma es. Su fantasmagoría es inagotable. La tensión que escuece su espectro es inoportunamente improbable, y por improbable: posible.

Sabía la historia del hotel Overlook y del bartender fantasma que se escuchaba sirviendo tragos a diestra y siniestra en la barra. Era un ruido cotidiano, cosa de todos los días más o menos a la misma hora. El cristal contra la madera, el chorro del barril de cerveza servida en ningún vaso, el salón de baile vacío, las sillas altas en la barra inhabitadas, el efecto de la cristalería y sus destellos animados, uno allá, otro acá casi flotando, un ruido que irrumpía como abrir un elevador a una calle ruidosa, de continuo movimiento de pasos, tacones zapateando un jazz poco audible…pues así.

El futuro del fantasma, como el futuro del escriba es un tiempo descarnado. Todos allá abajo estaban jodidos, todos habían muerto. El desastre era inentendible y se le llenaba la cabeza de un pensamiento líquido que le hacía reventar la sien, la presión inaguantable, como un globo a punto de estallar.

«Everyone in the story is a giant fake in one way or another, but for most of them it’s a survival mechanism. How the hell are you supposed to be “authentic” when’s everyone’s telling you you don’t exist?» Esto lo leyó en alguna parte. No recordaba dónde. Buscó y requetebuscó en los magazines al pie de su cama. Lo había apuntado en una libreta junto a direcciones de emails y números de teléfono de personas que apenas recordaba. Entonces tomó conciencia de que la fantasmagoría es inescapable: porque cada vida era un fantasma vivo de otra cosa. Y a medida que pasaba el tiempo todo era cada vez más fantasma, cada vez más ilusorio.

Lo fantasmagórico era el frío. La brisa en un lugar cerrado. Ya confirmadas las ventanas cerradas; comprendió que el miedo era un estado de conciencia, que todo iba a estar bien si él controlaba sus pensamientos. Miedo es ver las gaménidas y no entender el movimiento de trozos de piedra encendidas en fuego, como lanzas de un dios enfurecido.

-¿Cómo piensas la muerte?

-¿A qué te refieres?

Se decía a si mismo. La voz interna era todo el tiempo una metanarrativa. ¿Y acaso así no lo es todo? Una matrioshka de preguntas con corteza de respuestas. Capas de árbol donde se intersecta el fantasma del tiempo. El más temido por todos. La interposición de los recuerdos, la memoria en desorden, la precariedad del recuerdo; todo eso le venía a la mente mientras permanecía inmóvil en el suelo.




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