Vitrales

Sin saberlo había llegado a esa parte del sueño en la cual no quería despertar. No sabía bien por qué revisitaba esa casa ubicada en el tope de un pedregal aledaño al océano. Era de noche y la presencia del mar era absolutamente sonora. El afuera era un lienzo de tonalidad obscura, como un asomo a la boca de una ánfora de barro. Los sueños son como libros perdidos que reencontramos y hay una trama que se queda ahí atrapada a modo de lenguaje escrito, críptico e impenetrable. En medio de cada sueño hay un acantilado. Un piano se transforma en bote, y una casa puede contener una carretera. En aquel sueño todo a mi alrededor cambiaba de forma, asumía un nuevo modo de existir; menos la casa, su ubicación, el afuera de la casa. Hay veces que prefiero mantenerme en el sueño. La ilusión de existir en esa manera siempre ha despertado mi interés. Soñé aquella noche que Malvia me había contado de nuevo el suceso que había ocurrido en la casa contigua décadas atrás. Era un rumor, casi una leyenda que se había pasado de generación en generación. Una mujer había muerto en circunstancias extrañas y su fantasma inquieto se paseaba por la playa justo a las tres de la madrugada. Siempre que ocurría el avistamiento, se escuchaba un tropel de caballos en la arena. Un sonido inconfundible y abarcador contaban. Pero sólo se le veía a ella, con su cabello largo y una sotana que arrastraba y dejaba un rastro en la arena. A los caballos nunca se les veía. Sólo se les escuchaba. Malvia abría los ojos cuando llegaba la parte en la cual narraba lo de los caballos. Imagínense, una leyenda que se contaba con los sesgos que se cuenta una historia bien documentada. Pero en el sueño no era Malvia quien me lo contaba sino Dafne. Y me lo contaba de otro modo y nos acercábamos a la ventana, que era de dos hojas de madera que abrían hacia afuera, y veíamos a los caballos. Eran más de siete. Varios eran de color claro. Parecían celajes de humo con sus sombras arrojándose al mar desde una peña. Pero luego la música comenzaba a sonar en el piano. Relataba que supo lo que era la vida el día que su abuela le cosió una muñeca de retazos de telas olvidadas en un rincón del cuarto y se pinchó el dedo justo al momento de hacerle los ojos. Serán verdes profundos como el color del mar cuando el viento está revuelto. Recordaba Dafne. Y miraba las manos con las venas que sobresalían del dorso de la mano. Y la muñeca quedaba manchada. Dafne le preguntó si algo así era la vida. Y ella le respondió: la vida se asemeja a lo que sueñas cuando estás cerca del mar. Una melodía de Satie entraba como una brisa desde afuera de la casa, pero el piano estaba adentro. Un búho de color azul cerúleo se posaba sobre el alféizar. Miraba fijamente, imamovible. A Dafne yo le contaba que en mis sueños siempre había una catedral que se asemejaba a la arquitectura de algo que vi en una enciclopedia y cuyo nombre no sé. Pasaba con mi bicicleta, la que tuve de niño, y aceleraba justo cuando sentía el aroma a sándalo y un cántico angustioso que inundaba todo. Le relataba a Dafne que mi corazón aceleraba tanto como los pedales e iba a parar a un pedregal, una especie de pared de piedra en la cual se esparcían mis dientes. Dafne, que ahora era Malvia se llevaba las manos a la boca y apretaba los ojos mostrando el punto máximo de tolerancia. Yo le contaba que en mi sueño, así como un plano horizontal de perspectiva, veía como se acercaba un tropel de caballo, una bota cubierta de lodo seco, una voz profunda de bramido. Veía la mano tosca recogiendo cada uno de mis dientes como si fuesen canicas y se los llevaba al bolsillo de su camisa, uno a uno y lentamente se alejaba.

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