La hora exacta

Había acomodado las cosas en el gavetero. Los llaveros, monedas, los cofres, los caracoles y las notas a lápiz hechas en cualquier papel. Habría sido imposible abandonar el estado de cosas en la imaginación. Dejé de leer a Shakespeare a los ocho años y no me había hecho falta llegar a sus verdades. Era una silueta que vagaba entre el callejón del barrio y el parque. El asunto de la existencia era un modo de manejar la realidad adentro de un túnel. Contenido en el concepto de un túnel. Una manera de existir podría ser la múltiple capa del deseo. Uno comienza a ser sin aviso previo. No hay advertencia alguna que troque de un modo sospechable la insistencia del ser en una existencia negociable en la posibilidad. Alguna vez somos la sombra exacta de lo indeseable. El reverso de un verso o un tropo insostenible. Hay un asunto de escritura imposible ante el rechazo exacto a cada cosa, a cada asunto.

Es el reloj que nos iguala también hacia la trampa y el tropiezo. Cómo saber cuando comenzamos a descifrarlo todo para tener el sentido de las cosas. Ese sentido se obtiene cuando se traza la aparición exacta como el temblor de una mesa o un esfínter. Era la caída de escombros sobre una silueta lo que nos advirtió de un tren que pasaría por mí a la hora exacta de todas las muertes.

Cómo iba a mirarme impávido frente al espejo cuando las azucenas se marchitan sobrias sobre un alféizar de humo. Era la estancia en la que nos quedábamos unos al lado de otros dormitando en el calor. Yo no sabría cuándo partiríamos para la expedición, ni sabíamos quién era el que guardaba los secretos del fuego. Yo había pactado seguir apostando a evadir el infortunio. Yo había conocido a un copiloto. Y habíamos trazado una ruta que nos llevaría a la inmolación y una antesala al rechazo rotundo de una lógica secuencial de los sucesos. Eso era la literatura, de donde venía había un aislamiento de ciertas preguntas, ciertos cuestionamientos. Había una especie de espejismo que nos incendiaba la idea de un traslado lento hacia otra naturaleza de las cosas.

Esa secuencia, que habita lo literario, es una secuencia instantánea de existencias. Una pulsión del masterview. Un cambio reflejado como una corazonada o una densidad como un espectro.

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