La Fuga

Entre la obscuridad y la maleza, arrastrándose por lo escabroso, apenas jadeantes, los fugitivos se dirigían hacia el norte desde aquella prisión que ya no era cautiverio. Eran alrededor de veinte que con mucho sigilo actuaron su estrategia que ahora los había puesto al filo del sereno. En una fila arrastrada, coordinada, casi sin distinguirse la cabeza y los pies de todos aquellos que serpenteaban ahora entre las piedras y la frondosa vegetación bajo el ruido cercano de varios helicópteros. Un dragón de papel que se camuflajeaba entre la espesura. El cabecilla iba al final de la fila de hombres que ya más jadeantes se alejaban del ruido que casi les sobrevolaba. Cuando llegaran a una quebrada y la atravesaran sin problemas, pues apenas tenía agua, todos reposarían para luego continuar su plan. Atravesaron la quebrada, se detuvieron como habían acordado, se miraron entre ellos con los pechos inflándose y desinflándose aceleradamente, se miraron a los ojos, callados…ni una palabra, ni una queja. El cabecilla sacó una ingeniosa cantimplora que llevaba entre sus piernas pillada. Y les dio de beber a todos que tomaban dos o tres sorbos cada uno y la pasaban. Miraban con agradecimiento al jefe por el alivio a su boca seca provocada por tanta agitación.

El plan era permanecer allí alrededor de venticinco minutos para luego reanudar su primera parte del escape. Y en esa espera, al cabo de un rato, veía el cabecilla cómo cada uno de sus cómplices comenzaban a convulsionar y a contorsionarse, volviéndose un festín de cadáveres en la maleza de manera súbita. Sin mirar atrás, reanudó su trayectoria ahora con la absoluta certeza de su libertad.

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