Rastros

Durante los días del verano visité la playa a la que iba de niño con mi padre. Aunque en ese momento estaba vacía sentía cómo se ordenaban en mi memoria aquellos sucesos, con una continuidad que no pertenecía a un solo momento. Sin voluntad alguna mi mente delineaba una arquitectura para los recuerdos. La esfera de colores que me lanzaba por el aire desde sus manos adultas, agrietadas, con la dureza de los esfuerzos; venía hacia mí como estrella desprendida de una miríada. Mi mirada ciega por la luz encendida en todas las cosas. La arena, el paisaje, como un reflejo súbito en el espejo. Había una pulsión de dar continuidad a las risas, las palabras ahogadas en el aire, la espuma del mar llegando a nuestros pies y su sonido al desvanecerse. El lenguaje de la memoria no pertenece al mundo. Es un código, una huella digital. Nuestra voluntad traza una ruta a los recuerdos, como las mariposas monarcas o los pájaros que emigran hacia el sur. Los reflejos cambian como luces de bengala, se van desvaneciendo, hasta que en su lejanía alcanzamos el solitario rastro de lo inefable.

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