Transmutación

¿Acaso el escritor es el animal artístico más cohibido para reconocer en otro de su misma especie el gesto literario? Es una pregunta que se hace Diego una y otra vez mientras garabatea líneas al margen de su cuaderno. La envidia es silente. Esto ya él lo tiene como un dado. No hay quien lo convenza de lo contrario. Él ya se figura a sí mismo como un buzo que se sumerge entre los animales transparentes con algo de luz en su interior. No pelea con la idea. Es complejo le decía Andrés. Pero subía los hombros como queriendo decir nada. ‘Complejo puede ser cualquier asunto, desde una silla hasta una ruta de tren.’ Es relativo le argumentaba Triana. Pero relativo era todo. Llegó el punto que le valía mierda esa transacción de gustos sobre los haberes. A la larga era irrelevante en la hora de la escribanía. Había una piedra que confundían los egipcios con un trozo de nube. Eso le intrigaba. Y él en su trama interior quería conversar sobre ello. Unos cafés, unas notas, unos apuntes sobre una servilleta. Pero esa fragilidad la veía amena entre los músicos o los pintores. No así entre los escritores. En realidad ya había mandado al infierno la idea. Había ocurrido una transmutación dentro de sí. Era cuestión de soltar los pájaros cautivos de una bóveda subterránea. Atisbar el oxígeno a una altura precisa y el movimiento inherente a la escribanía: esa arquitectura de un crujir del aire que lo atraviesa todo.

Supo de un árbol, colgaban relojes de arena amarrados a sus ramas. Pensó en el tiempo. En el ruido de la ciudad que nada tiene que ver con la imagen. Es el tiempo muerto colgado de un árbol. Pero la exigencia de la velocidad y los requerimientos le hizo pensar que la corrosión de los privilegios propios sobre el gusto se había vuelto demasiado insoportable. La literatura no pertenecía a ese laberinto soez. Pensaba que esto de sólo atisbar lo escrito por los muertos o por los galardonados era una necromancia burda. Tal vez en ese árbol el tiempo de los océanos espera cautivo en el cristal para ser apalabrado. Diego, Andrés y Triana reían sobre la idea. La estulticia más grande es que de la muerte nada vence al olvido. Preferían un universo de conversaciones, de vida entre aromas de café y suburbios literarios, aunque la inmovilidad de la arena no apalabrara el sentido que atraviesa el aire o la literatura.

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