Esencias y aroma

Como describir los pájaros del futuro, digitales, líquidos, de véras queríamos alcanzar la idea de lo palpable? ¿Por qué la idea no se resiste a la posibilidad de lo palpable?

– Porque a mi siempre me pareció que los pájaros hablaban de un tiempo por venir, no que hablaban literalmente, los pájaros son metáforas, son símbolos, la línea invisible que se traza de un pasado a un futuro y las alas abiertas  del ahora. Por los pájaros conocerás los temporales.

  Y el tiempo. – se escuchó la voz cansada.

El vapor del agua en hervor, de anís estrellado y canela para alejar los malos espíritus del lugar recordaban al asunto siniestro había en los álbumes familiares. Cada vez lo humano era más lejano. Veníamos de escribirnos cartas hasta tener encriptado el pensamiento. Estos pájaros no eran de carne, eran el deseo de alguien. Veníamos huyendo de unos pájaros inquietos, insatisfechos.

Y el olor me llevaba a una memoria que nunca pude asir, pero de la cual me hablaban mis tías. La mesa servida, la mesa con los platos terminados, desordenados los papeles y el plato servido con postres de arroz, de harinas, el extracto de vainilla, el anís y su corteza fractaria. Porque hubo un tiempo de álbumes y memorias cuando íbamos directo al paisaje de la ruina. La ruina como número al que se asiste para aliviar la ausencia, la música de una alegría que antes se esbozaba como fórmula de vida, mucho antes que los pájaros.

Había una ventana que abría con dos hojas de madera hacia afuera. Al otro lado era el ruido de las horas más animadas. La estopilla con un patrón de fractales de Vicsek, era lo único tendido, de hilo blanco interpuesto sobre el horizonte. Y en el tendido dispuestos en orden: los pájaros, quietos como estatuillas de ébano.  Los pasos subiendo y bajando la escalera. Los sonidos intensos al llegar a la boca del túnel que conducía al otro lado del pueblo. Las escaleras servían de atajo, cosa de ahorrar tiempo. El perro ladraba a los desconocidos y se volvía todo un alboroto. Pensaba cómo construir la figura de un personaje en el ámbito de lo creíble. ¿Acaso para esto era que escribía? ¿Representar una realidad para así traducir una realidad a otra? Eso lo consideraba senda estupidez. La literatura era ese lugar al que no le sentaría una alfombra de diseño. El escritor le planteaba al fotógrafo, con ademanes veloces que hacían hincapié en la imposibilidad de una teoría. La mala literatura existía. Igual que existían los oficios mecánicos realizados con torpeza, sea por prisa o por búsqueda de algo que no se halla bajo el oficio desde el cual buscamos. Del mismo modo que un vendedor te convence de comprar el perfume tiene como fijador algo parecido a un cuarto cerrado por años. Le llamaremos aroma porque ha sido su nomenclatura asignada. Haremos el cuento del no perfume que es perfume porque hay una puesta en escena que requiere a un perfumista. Sin embargo la escena funciona mejor sin esa esencia en escena.

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