Algoritmo demasiado humano

Un nombre no es el espejo exacto de las cosas.
¿Qué se precisa para entender el mundo?
Botellas que flotan en
paisajes remotos,

ciudades de arena enterradas,
sentencias blasfemas,
palabras ancestrales.
Pájaros de ébano levantan el vuelo
entre la espuma de las ensoñaciones.
Un padre y un hijo flotan en el río
luego de buscar hasta el cansancio un elíxir contra el pulso de muerte.
Es la arquitectura de lo inefable:
fósiles servidos en una bandeja de jaspe.

A lo lejos veo una niña.

Cubre con su pequeña mano
los ojos de su muñeca,
que abren y cierran:
ella no quiere observe las ruinas de la ciudad donde construyeron sueños

un paseo en bicicleta

y la sombra tras ella jugando

a buscar la luna.

Se escinde el mundo ante sus ojos:
muecas desafiantes,
gestos de conjuro,
un acto lingüístico de execración,
mefistofélica risa adivinatoria.
Es el olvido absoluto en la forma de las cosas.

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