Estudio de figura a la sombra de un árbol

Las muchachas con su rostro ebúrneo,

en las tardes frente al viñedo,

encorvadas como gatos 

sacudiéndose del sueño.

Más allá del valle de tonos amarillos,

lentas en sus movimientos,

precisas,

líneas firmes de un dibujo.

He decidido pintarlas.

Son  puentes que a lo lejos

se yerguen vencidos

contra el horizonte de hierba. 

En una puesta de sol,

como la piel de acerola,

cuando ya está madurando

tras un vergel cerca de un lirio,

he visto el nacarado que irradia la tarde.

El verde preciso de los limoneros

y la ígnea sombra de los flamboyanes.

Aves que sobrevuelan un grabado japonés,

los colores del mundo estallando

a través de mosaicos.

Pero no me había fijado 

en ese modo lento 

que tiene la tristeza.

Parece refractar la luz

 de una manera distinta.

He buscado un roble de sostén

para calmar el pulso de mi trazo.

La efigie de una mujer

cubre el rostro con sus manos;

y llora en silencio bajo la sombra.

Algoritmo demasiado humano

Un nombre no es el espejo exacto de las cosas.
¿Qué se precisa para entender el mundo?
Botellas que flotan en
paisajes remotos,

ciudades de arena enterradas,
sentencias blasfemas,
palabras ancestrales.
Pájaros de ébano levantan el vuelo
entre la espuma de las ensoñaciones.
Un padre y un hijo flotan en el río
luego de buscar hasta el cansancio un elíxir contra el pulso de muerte.
Es la arquitectura de lo inefable:
fósiles servidos en una bandeja de jaspe.

A lo lejos veo una niña.

Cubre con su pequeña mano
los ojos de su muñeca,
que abren y cierran:
ella no quiere observe las ruinas de la ciudad donde construyeron sueños

un paseo en bicicleta

y la sombra tras ella jugando

a buscar la luna.

Se escinde el mundo ante sus ojos:
muecas desafiantes,
gestos de conjuro,
un acto lingüístico de execración,
mefistofélica risa adivinatoria.
Es el olvido absoluto en la forma de las cosas.

Arcanum

Por encima de todo
huyendo de la hoguera
se resiste el mercurio a perder su forma.
La membrana líquida de plata
halla la temperatura de mi gesto
que sorbe del abismo
un vacío
un lenguaje
un salto al silencio
cuya velocidad teje una camisa de fuerza:
la palabra es querer decir el universo,
extender los tentáculos
lo más que se pueda
como un barco que se hunde.
En el agua marina
revelar el alcance
que lleva la neblina al cárcavo,
anunciando la conflagración de un bosque
contenida.
En esa profundidad
se guarda
el sentido del mundo.
Un cazador de sueños
custodia la mordedura,
hipnotista
que incendia la mirada
de un animal mítico:

no parpadea
porque nunca duerme.
Así no decolora el recuerdo
guardado en la resina ocre
del ámbar de su ojo,

fósil de recuerdos,
álbum que no calla sino
extiende tentáculos,
humo fugitivo de la hoguera
para decir lo indecible.
Óleo azul sobre rieles
o una escalera.
Yace un fantasma
con alas de humo
para hacer volar las cosas
que de los ojos escapan.

Nomenclatura mustia


En una promesa está la palabra

perdida, 

nunca se trata de ignorar la nube

suspendida en una copa de cristal. 

La sutileza está en reconocer

el laberinto de humo

tendido entre los techos. 

A dos aguas el río suena

y la lluvia apalabra lo innombrable. 

Lo innombrable es ese gato de sombra

que no es hoja,

ni árbol

ni lenguaje.

Como si de un trazo se pudiese 

evaporar el mundo. 

Es lo inefable de las cosas,

su arquitectura de aire,

tenías razón en aquello que dijiste. 

Pero eso se fue volando como un

caballo salvaje imaginado por

Magritte.

Él hubiese pintado que esa figuración

no era un caballo 

y yo le hubiese creído a la ensoñación

del lienzo.

Siluetas se elevan

trazos de contornos

Un objeto es la reminiscencia de un

nombre

 y ese nombre es un puente de espejo

que se quiebra 

cuando el último pájaro alza vuelo

sobre la marea insondable

donde la apología del silencio

 hace estallar cuartos vacíos.