Conversación en la neblina

A los ojos lectores que han expresado el interés en saber la fecha de publicación de este libro les escribo emotivamente para enterarles que este objeto ya ocupa espacio en nuestro universo de cosas.

Lo pueden reservar escribiéndome al email: alys.marrero12@gmail.com o pulsando en la columna lateral. Les presento la maravillosa portada diseñada por la artista gráfica Adaris Garcia Otero. Y el comentario en la contraportada, que es un texto maravilloso en sí mismo, escrito por nuestra gran escritora puertorriqueña Marta Aponte:

Espero que su lectura sea un viaje a la multiplicidad de universos que nos ofrece el mundo, un viaje al enigma que habita en la mente y en las cosas. ¡Gracias por leer! ¡Gracias por apoyar nuestra literatura puertorriqueña!

Fragmento sin título

[nota de la escritora: este blog es un espacio de construcción orgánica si es eso posible en los textos, es decir no todos los textos aquí publicados se quedan inalterados. Son fragmentos de una escritura que ocurre fuera de los ojos que accesan las redes. Los textos subidos al blog son sólo parte de una propuesta literaria más abarcadora, en pocas palabras: este blog está en proceso de edición constante, una escritura inconclusa. El libro, {y l libros futuros} que es un resultado futuro del blog será muy distinto al blog, gracias por leer.]

Había hecho una rasgadura con una navaja en el fondo de su sleeping bag para guardar las cartas que nunca enviaría pero que le ayudaban a soportar los largos días del abismo al que estaba sometido. Una carta cada dos días para su amada que de seguro a esta altura ya lo había olvidado, porque la esperar en el caribe no es cosa ligera. Pero aún a sabiendas de que ese amor seguramente ya no era correspondido creía que insistir en el epistolario le ayudaría a sobrevivir la enredadera de sentimientos encontrados con los que tenía que bregar día y noche. 

La memoria es un artefacto al que hay que forzarle su naturaleza. Toda la energía que se pone en esbozar una arquitectura del recuerdo, las fotos, las fijaciones súbitas de enmarcar en la quietud un momento en velocidad. Nunca comprendí por qué era necesario un corresponsal de guerra. Es querer documentar la muerte, la quietud, el lanzamiento al abismo. Donde todo pierde el sentido; pero…cómo edificar una noción coherente del sinsentido?

Estar en la guerra es una partida de ajedrez en donde siempre se está en jaque. Solía teorizar a las horas donde pegaba duro el aburrimiento capturando las imágenes más crueles que había visto, reconstruyéndolas obsesivamente y eso lo hacía una especie de traidor. Él lo sabía. Y ese saber era una sustancia con la morfología de unos brazos amarrados por la soga de la imposibilidad. Esto me parecía muy poético pero no lejanamente falso. ¿Habría cabida para tanto razonamiento dentro de esas circunstancias o hubiese sido preferible ser menos humano?

Osario

El insomnio se posa sobre el cielo de una habitación

Espacio euclídeo de un jardín barroco

¿Vemos algo más que gotas de rocío sobre este cementerio? 

Hay nueve versos japoneses 

para designar el cuerpo después de la muerte  

Cosmogonía de una piedra filosofal

Como la humareda que anuncia

 la configuración de un bosque. 

La eclíptica de un ópalo de fuego.

El pensamiento nos bordea como un acantilado de

pasos firmes sobre una cuerda floja

Adentro de los ojos hay un sol esplendente

Estrella encendida que hurga el olvido de

pájaros que llueven sobre mi sombra.

Ingrávida

Colgados los pies en la rama de un árbol
se quebranta el cielo.

Mar ingrávido
que se desborda
ante la voracidad de los pájaros.


Miríadas de luces se ven a lo lejos
destellando sobre los tejados de las cabañas.
Tonalidades tan precisas de ocre
que me recuerdan los cuadros de Millet.

Alguna vez un verso merodeó en neblina el laberinto de los cementerios.

No era Baudelaire un epitafio

sino estatua de humo,

esfinge erigida para marcar equinoccios
de la ciudad perdida.





Deshielo y pleamar

Si los ocasos sueñan
¿qué sueñan los ocasos?


Nenúfar que sostiene ingrávido
su imagen en el agua


Una sombra proyectada

sobre la noche misma.


Órbita de ese minuto falaz
que tropieza al instante
en que me miro al espejo
y hurgo lo que está hundido en los ojos
como un barco de vidrio.

Abriendo profundidades en el glaciar

que tengo cautivo en el pecho.


Desmenuzando las agujas del hielo.

Evocando la mirada de serpiente.

Al sol de hoy
la espesura es una ruta de piedra
merodeando un hallazgo cotidiano.

Almenas de berilo

Piedra de Ofir

Azul de Prusia

Amarillo de cromo

Verde Veronés

El aroma del espliego
Y la espiga de unas flores azuladas
Me recuerdan la cercanía con que respira la muerte.

Calopsia


El fotógrafo buscaba el relámpago

en el ojo de una aguja.

En la fosa marina

donde comienza el mar.

En las hojas de los árboles

que voltean sus plateadas verdades en la sombra

En el bolígrafo puesto vencido

sobre el blanco mustio de un papel

que duerme sobre la mesa.

El fotógrafo

ha desaparecido
buscando la piedra filosofal.
¿Acudirá la forma a socavar la paz del sueño?
Buscaba un fulgor instantáneo.
Rielar de lumbre sobre el pedernal.
Sus colores son el arrebol
rosáceo, violáceo azul de algún agua apacible
Vasija, venablo, ánfora,
Forjados por el calor y el tacto
con líquidos untuosos,
aroma de cedro,
almenas de berilo, rubí y piedra de Ofir.

El doble filo del lenguaje no era la máscara, sino las multitudes contenidas en la partícula más compacta.

La que se deja al borde de un vaso.

Un recuerdo.

Un ojo de aguja.

Criptografía glíptica

 

Entre el Tigris y el Éufrates,

sobre tablas de arcilla,

hay un osario.

El aroma del enebro

me recuerda la bruma

y el ardor del mediodía.

La geomancia escondida

en un jardín barroco

captura el infinito contenido en las cosas.

Pasadizos y espejos

reflejados en el agua

de una clepsidra,

que es un fractal.

La mirada de Anguissola

en un autorretrato

o la superficie platinada 

en un canvas de Gentileschi

Los contornos sobre el jaspe, o el topacio,

Quimeras, astríferas, piedras preciosas de Persia.

Como los anillos de una serpiente

Y su adherencia a la madera del ausubo.

Safo, Lucrecio, Hesíodo

amalgama de gestos

sinuosos como Argos

Un ojo que duerme 

Y el otro que permanece en vigilia

No corresponde al poeta decir lo que ha sido

 sino lo que podría ser.

Arcanum

Por encima de todo
huyendo de la hoguera
se resiste el mercurio a perder su forma.
La membrana líquida de plata
halla la temperatura de mi gesto
que sorbe del abismo
un vacío
un lenguaje
un salto al silencio
cuya velocidad teje una camisa de fuerza:
la palabra es querer decir el universo,
extender los tentáculos
lo más que se pueda
como un barco que se hunde.
En el agua marina
revelar el alcance
que lleva la neblina al cárcavo,
anunciando la conflagración de un bosque
contenida.
En esa profundidad
se guarda
el sentido del mundo.
Un cazador de sueños
custodia la mordedura,
hipnotista
que incendia la mirada
de un animal mítico:

no parpadea
porque nunca duerme.
Así no decolora el recuerdo
guardado en la resina ocre
del ámbar de su ojo,

fósil de recuerdos,
álbum que no calla sino
extiende tentáculos,
humo fugitivo de la hoguera
para decir lo indecible.
Óleo azul sobre rieles
o una escalera.
Yace un fantasma
con alas de humo
para hacer volar las cosas
que de los ojos escapan.

Inmarcesible

El tiempo es el espacio que pocos entendemos.
Los pliegos del céfiro que cubre
la figura de Remedios Varo,
una montaña en Kiamsi
y un camino
que bordea el contorno pétreo
de un dragón y un tigre.
Un río fluye bajo el guayacán estallando soles.
Y el agua ardiente me recuerda al bosque
como la literatura más antigua de Sakkara.

Un naipe cae del cielo

abriendo un surco en el aire.

Ignífugo.


La muerte es un tren que nos atraviesa.

Es la cercanía de espejismos

lo que nos hace inmortales