[fragmento]

El espacio entre ella y yo era un remolino del tiempo en centrífuga hacia una dimensión fuera de la textura y el aroma de las cosas. Terrible era olvidar cada suceso, cada roce, cada una de las palabras dichas o escritas. Más terrible era recordarlo todo, cada desplazamiento de las manos, de la boca, del sudor descendente en la sien, las palabras y los alientos del abismo al que ambos en cada encuentro nos lanzábamos. Alguna vez enmarcamos una foto. Dos risas congeladas en el  tiempo de la finitud de las  cosas. Sabíamos que pertenecería más al tiempo  de la temperatura espectral, un tiempo raído  dónde la ausencia sería un hueco que perfora el alma si nos viene a la memoria. Cuando los cuerpos se despojan del salitre y supura el dolor, entonces recurrimos a la amalgama de contornos y figuras que levantan un escenario con una cortina tan pesada que requiere de un esfuerzo fuera de nuestra humanidad para avistar un memento, una cristalización de un nexo entre dos lenguas amarradas. Algo así para ella era el amor. Y en un tiempo de odios tan pornográficos y contundentes ella prefería poner todo su cuerpo bajo el peso de aquel telón pesado y dejar de recordarlo todo para súbitamente ser espectador de cada memoria táctil, sonora y escrita igual que un fantasma asiste al momento de ser liberado de un cuerpo que yace sobre una fina capa de hielo suspendida en el abismo. Todos cargamos olvidos como fantasmas densos que escapan incesantemente de las sombras. Y esa era la sutil manera de ella pertenecer al mundo.

Sahumerio

Esta cabeza no era igual a las que le precedían. Le sobraban ojos (como a la luna y las arañas) y le faltaban los dientes; se los habían arrancado uno a uno en su primera transformación. Era mejor así, una amenaza menos hace que todo sea más llevadero y soportable. Lo que no muerde no mata, pensaba Casandra en su solitario devenir. Así, por las noches cubría la jaula como se cubren las jaulas de los pájaros, para que la luna tornada en cabeza se callara la boca y la dejara dormir.

Todas las mañanas, la cabeza desdentada (que antes fue luna llena y mucho antes luna menguada) con voz estentórea maldice y profana palabras de paisajes remotos, de ciudades de arena enterradas. Y es la cabeza una vorágine de lenguas, palabras ancestrales, maldiciones, sentencias blasfemas: un acto lingüístico de execración. Algo mucho más que una sombra de conjuros de lo terrible y lo inhóspito. Porque aquello que decía la cabeza eran sortilegios ahondados en una verdad atroz. Contorsionaba su rostro y sus párpados y los ojos se movían para todas partes y con voz estentórea repetidamente reclamaba su memoria. Estaba atestada de imágenes, de rituales ahora insoportablemente aburridos y deleznables. Las muecas desafiantes, las miradas punzantes de tal testa producían vértigo en Casandra, un mareo tal que comenzaba a pensar más lento de lo usual. Ahora intentaba escribir con destreza y rapidez lo dicho por aquel busto incompleto y animado. Sentía aprehensión por todo aquello que veía.

Y aquellos que antes miraban entre riserías divertidas y deleite ahora veían con horror cómo de la cabeza surgía por la boca y los múltiples párpados filamentos de precarias sombras (como el humo de una vela encandilada que recién fue apagada) que poco a poco iba conformándose en una criatura lo más parecido a una sombra vaporizada o a un mortífero sahumerio. Al principio la cabeza de Casandra, miraba los hilos de humo sin saber que no eran tentáculos de pulpo saliendo por los párpados y la boca sino, entonces era verdad, la guardiana del espanto no estaba soñando y evanescente era lo menos que era aquella figura. 

Casandra tomó su cabeza de la mesita de noche y comenzó a enroscarla porque había que pensar rápido, había que acelerar la huida. “ Sólo es un laberinto, una artimaña de Dédalo. Este laberinto se descifra desde adentro” se decía a sí misma repetidamente como un mantra. Porque hay un sesgo terrible en este relato y es que la llave no existe. Mientras se colocaba la cabeza, sentenció el dictamen que algunos siglos atrás alguien le había decretado a un golem: “Eres una creación de la magia; vuelve a tu polvo”. Pero nada de esto funcionaba. Y los participantes, al otro lado, ya no se divertían tanto por todo lo contemplado. “Del divertimento al horror un paso es”: decía ahora con sorna el cráneo fósil enjaulado con la risa crujiendo entre su mandíbula y su quijada mientras la criatura de humo se desplazaba rápidamente por el aire de aquel cuarto. Y allí quedó la luna como un fósil puesta sobre una bandeja de jaspe enjaulada.

Osario

El insomnio se posa sobre el cielo de una habitación

Espacio euclídeo de un jardín barroco

¿Vemos algo más que gotas de rocío sobre este cementerio? 

Hay nueve versos japoneses 

para designar el cuerpo después de la muerte  

Cosmogonía de una piedra filosofal

Como la humareda que anuncia

 la configuración de un bosque. 

La eclíptica de un ópalo de fuego.

El pensamiento nos bordea como un acantilado de

pasos firmes sobre una cuerda floja

Adentro de los ojos hay un sol esplendente

Estrella encendida que hurga el olvido de

pájaros que llueven sobre mi sombra.

Invisibles

Imposible abandonar esa ciudad

donde las palabras se tornaron cosas

que se vuelven vida:

La música emana

de los pájaros que golpean con su vuelo

los cristales de los edificios.

Sentarse a esperar el tren

que sin duda llegará vacío,

erigiendo sombras,

es un ritual vespertino

destellando pasadizos del recuerdo

como soles que visitan cada tarde.

La industria alemana

no pudo inventar

lo que a nosotros nos tomó una madrugada.

Un código inquebrantable,

pero frágil,

la memoria de la mano que servía el café

sobre las mesas desérticas

teorizadas, conceptuales,

evocando con pinceles

una piedra tan azul

que estaba hecha de nubes.

Y así,

sumergida

en la profundidad del mar,

la acuarela en la pared

de ese museo

que juntos construímos

bajo la superficie.

Donde antes hubo un parque

ahora hay una catedral

y un campanario de jade.

Cuentan los que visitan

que el roce de brisa en las campanadas

suele dar la hora.

Los espectros

que habitaban aquel tren

lanzan desde el aire

ecos que quiebran los vitrales.

La nostalgia del aroma

que deja tras de sí,

como huella luminosa,

la mutación de la luna.

Sabiendo que sólo pasaría

tu silueta cincelada sobre el agua,

compré la taquilla del cine

para esa película que nunca veríamos.

Dicen que el lienzo relator

queda iluminando trazos parpadeantes

sobre las butacas tan vacías de nosotros.

Allí los niños juegan con sus sombras

para no sentirse solos.

Sobre la mesa de noche

hay una foto,

como el tren deshabitado,

en la que nada se ve

pero se siente

la mirada fulminante

que fulge del fantasma

de quien

soy

el único testigo.

Ingrávida

Colgados los pies en la rama de un árbol
se quebranta el cielo.

Mar ingrávido
que se desborda
ante la voracidad de los pájaros.


Miríadas de luces se ven a lo lejos
destellando sobre los tejados de las cabañas.
Tonalidades tan precisas de ocre
que me recuerdan los cuadros de Millet.

Alguna vez un verso merodeó en neblina el laberinto de los cementerios.

No era Baudelaire un epitafio

sino estatua de humo,

esfinge erigida para marcar equinoccios
de la ciudad perdida.





Deshielo y pleamar

Si los ocasos sueñan
¿qué sueñan los ocasos?


Nenúfar que sostiene ingrávido
su imagen en el agua


Una sombra proyectada

sobre la noche misma.


Órbita de ese minuto falaz
que tropieza al instante
en que me miro al espejo
y hurgo lo que está hundido en los ojos
como un barco de vidrio.

Abriendo profundidades en el glaciar

que tengo cautivo en el pecho.


Desmenuzando las agujas del hielo.

Evocando la mirada de serpiente.

Al sol de hoy
la espesura es una ruta de piedra
merodeando un hallazgo cotidiano.

Almenas de berilo

Piedra de Ofir

Azul de Prusia

Amarillo de cromo

Verde Veronés

El aroma del espliego
Y la espiga de unas flores azuladas
Me recuerdan la cercanía con que respira la muerte.

Calopsia


El fotógrafo buscaba el relámpago

en el ojo de una aguja.

En la fosa marina

donde comienza el mar.

En las hojas de los árboles

que voltean sus plateadas verdades en la sombra

En el bolígrafo puesto vencido

sobre el blanco mustio de un papel

que duerme sobre la mesa.

El fotógrafo

ha desaparecido
buscando la piedra filosofal.
¿Acudirá la forma a socavar la paz del sueño?
Buscaba un fulgor instantáneo.
Rielar de lumbre sobre el pedernal.
Sus colores son el arrebol
rosáceo, violáceo azul de algún agua apacible
Vasija, venablo, ánfora,
Forjados por el calor y el tacto
con líquidos untuosos,
aroma de cedro,
almenas de berilo, rubí y piedra de Ofir.

El doble filo del lenguaje no era la máscara, sino las multitudes contenidas en la partícula más compacta.

La que se deja al borde de un vaso.

Un recuerdo.

Un ojo de aguja.

Algoritmo demasiado humano

Un nombre no es el espejo exacto de las cosas.
¿Qué se precisa para entender el mundo?
Botellas que flotan en
paisajes remotos,

ciudades de arena enterradas,
sentencias blasfemas,
palabras ancestrales.
Pájaros de ébano levantan el vuelo
entre la espuma de las ensoñaciones.
Un padre y un hijo flotan en el río
luego de buscar hasta el cansancio un elíxir contra el pulso de muerte.
Es la arquitectura de lo inefable:
fósiles servidos en una bandeja de jaspe.

A lo lejos veo una niña.

Cubre con su pequeña mano
los ojos de su muñeca,
que abren y cierran:
ella no quiere observe las ruinas de la ciudad donde construyeron sueños

un paseo en bicicleta

y la sombra tras ella jugando

a buscar la luna.

Se escinde el mundo ante sus ojos:
muecas desafiantes,
gestos de conjuro,
un acto lingüístico de execración,
mefistofélica risa adivinatoria.
Es el olvido absoluto en la forma de las cosas.

Arcanum

Por encima de todo
huyendo de la hoguera
se resiste el mercurio a perder su forma.
La membrana líquida de plata
halla la temperatura de mi gesto
que sorbe del abismo
un vacío
un lenguaje
un salto al silencio
cuya velocidad teje una camisa de fuerza:
la palabra es querer decir el universo,
extender los tentáculos
lo más que se pueda
como un barco que se hunde.
En el agua marina
revelar el alcance
que lleva la neblina al cárcavo,
anunciando la conflagración de un bosque
contenida.
En esa profundidad
se guarda
el sentido del mundo.
Un cazador de sueños
custodia la mordedura,
hipnotista
que incendia la mirada
de un animal mítico:

no parpadea
porque nunca duerme.
Así no decolora el recuerdo
guardado en la resina ocre
del ámbar de su ojo,

fósil de recuerdos,
álbum que no calla sino
extiende tentáculos,
humo fugitivo de la hoguera
para decir lo indecible.
Óleo azul sobre rieles
o una escalera.
Yace un fantasma
con alas de humo
para hacer volar las cosas
que de los ojos escapan.

Dopplegänger

Sólo recuerdo el remolino de hojas que se formó en el vapor que defracta la imagen sobre la carretera. Recuerdo el efecto. Una centrífuga en alta velocidad. Vorágine. Como una peña que cae. Me acordé de las veces que bajábamos a Salinas, un camino angosto desde Aibonito, y una gran piedra agarrada de la nada. Desde aquellos paseos pensaba en la muerte.

Luego de dar vueltas y recorrer varios metros se detuvo el carro. Era la súbita certeza en un espiral sumada a la certeza asentada de una carretera vacía. Yo que pensaba que la vida era eso. Una angosta carretera vacía pero sin certezas. Soñaba constantemente que iba en bicicleta en una autopista. Esta vez no era un sueño, transitaba bordeando la muerte y no lo sabía.

Vi la figura de un gato.

En el asfalto.

Mojado como el asfalto de un video en mtv de los ochenta. El gato era una línea que salía desde el asfalto y al asfalto regresaba. Parecido al dibujo de la boa que se tragó al elefante. La superficie del gato brillaba con la luz de la luna. El gato era una línea iridiscente que temblaba. Cuántas vidas tendría ahora. El mundo daba vueltas y yo temblaba de manera más pendeja que aquel gato. Aceleré y me perdí de todo aquello. Pude haberme detenido, sí, tienes razón, pero la noche y esa carretera no mezclan.

Lo único que sentí fue un leve golpetazo. Pero en mi cabeza la certeza del momento era la muerte. En ese remolino estaba yo solo, el gato estaba afuera. Pero yo ni lo sabía. Luego de detenerme pensé que era un bulto. Hasta que vi sus orejas levantarse, de seguro hubiese vivido, de seguro sí. Entiende de una vez que no podía detenerme. Un gato satisfecho no se lanza a la calle. Tal vez alguien lo abandonó o no tenía dueño. Entonces me recriminabas lo del gato con esos movimientos de abanico en high con las manos bien cerca de mi cara, como si el susto que pasé fuese poca cosa. Y habías leído ese día la noticia de los hallazgos en el Saqqara. Creeías que era enternecedor la costumbre de envolver en lino a los gatos y yo te decía que no sólo a los gatos sino leones, cocodrilos, monos y ratones y tú insistías en los gatos, ah, los gatos: eso era otra cosa. Y yo miraba tus ojos, y tus palabras se iban a la tumba donde van a parar los ecos. Yo me fijaba en superficie que se esconde tras la vidriosa esfera de tus ojos enfurecidos. Se me parecía al color de Kepler-186f. Veía tus cejas arqueadas hacia adentro, como las de un pinball.

¿Cómo si milenios antes, toda una civilización tendría este ritual para los gatos y a mi no me importó dejar uno en la calle? Preguntabas alterada.

Pero desde cuándo nos volvimos tan frágiles. Es un gato. Tan simple esa palabra, tan simple es encontrarse con uno. Simple es pronunciarlo, simple sentir su mirada, ¿has contado cuántas veces un gato ha puesto su mirada sobre ti? ¿No entiendes lo aterrador de una calle vacía a esa hora? No entiendes que aún queda un terror y de los más terribles. La mirada de un gato a esa hora, precisamente en esa carretera. ¿Sabes de qué está hecho el mundo a esa hora? ¿Sabes de qué está hecha la mirada de un gato a esa hora?

Pero el que tenía que vivir con la angustia del gato era yo. El gato podría estar vivo pero igual pudo haber muerto. Creo que todo pude pensarlo al recordarlo súbitamente por primera vez. Fue un hervor esclarecedor. Pero en aquel momento sentía la curvatura del tiempo, daba vueltas y parecía no poder pensar, el remolino a alta velocidad y el gato en alguna parte; afuera. No hallaba imaginar cuánto podría durar el recuerdo de aquel frío, la neblina, la carretera. Temblándome las piernas guié hasta una estación de gasolina. Me detuve. Había dos chamacos. Uno con la pierna trepada como flamingo contra la pared, el otro con una botella en mano y la otra haciendo movidas de director de orquesta en temporada primaveral. Entré. Compré una botella de agua y un beef jerky. Pedí unos cigarrillos. Salí de regreso al auto. Encendí el motor. Aceleré lento. Regresé al lugar a ver si veía al gato. Me detendría. Lo salvaría. Pero fue inútil. Pasé con las luces largas y nada que ver. Me pareció ver la imagen de una figura vestida con piel de pantera cruzando la calle. De seguro era intentando no sentirme solo. ¿Sabías que según el color del aceite y las lámparas de alabastro se lee el futuro? Lo leí en alguna parte. Pensé que lo que fuese leído en la palma de mi mano o en la borra de café al fondo de la taza era la palabra misma como conjuro y ese conjuro causa perplejidad. El recuerdo es una suerte de perplejidad. Tenía que encontrar al gato si quería estar tranquilo. Todo intento rayó en la inutilidad. Trataba de explicarte que en tus ojos yo veía esa superficie, de la cual no tenemos idea de su temperatura. Tampoco tengo idea de tu temperatura. Como no la tuve de aquel gato. Sabía que te parecería atroz y cobarde. Ahora mismo no tengo idea de su temperatura. Nunca sabré. Y esto en sí es una perplejidad.

Pensaba todo esto mientras pasaba lento en el auto buscando al gato. El espacio dimensional que ocupaba su figura me recordaba los intersticios en las figuras de encantamiento visual del palacio de Alhambra. Con la precisión de un reloj atómico mi mente urdía teorías de la probabilidad de vida que pudiese tener el felino. La posible ecuación de relatividad para este evento extremo. Hubiese podido calcular la distancia entre el evento y la posible muerte del animal. ¿Pero qué digo? El enigma contenido en un agujero negro o las configuraciones aleatorias de un cuarzo a metros de profundidad en una cueva mineral son tan inaprensibles como la teoría de vida o muerte de aquel gato.

Las anotaciones que Heródoto hiciera sobre la batalla de Pelusio y el libro perdido de Polieno, ‘Estratagemas’, narran cómo el ejército Persa venció al hijo del Faraón que había muerto cobrándole a éste el engaño de su padre. En los escudos la imagen de Bastet, con su sistro y una mirada felina cuyo semblante no podría ser dañado ni remotamente por los egipcios. Lanzaron gatos hacia las almenas hasta lograr la victoria persa luego de atravesar la península del Sinaí. Heródoto cuenta que matar a un gato resultaba en una condena que hasta costaba la vida. Los arqueros egipcios simplemente no podían lanzar al ver la imagen de Bastet cuyo doble era Sekhmet: su ira traería desgracias mayores para el reino. Tras la contienda, miles de cráneos fueron hallados luego que la tormenta de arena terminase. Como una canción antiquísima, papiros óseos cuyo críptico lenguaje oculta las razones por las cuales el Sol desciende a los infiernos.

No era casualidad que las estatuas de los gatos difuntos fuesen colocadas de cara al sur. Gatos con bocas purificadas con natrón e incienso. Las bocas de las estatuas que acompañaban a los cadáveres perfumados eran ungidas con elixires de plantas milenarias y arenas subterráneas. El cuerpo embalsamado y la estatuilla en una danza de transubstanciación. La estatua era el doble de los difuntos. Incluyendo los gatos del Nilo. Tendría un escarabajo tallado en piedra verde sobre el pecho, corazón que guarda lo vivido. Heródoto contaba que cada vez que se moría un gato el dueño se afeitaba las cejas en señal de luto. Los ojos al desnudo del dolor. Moría un gato y nacía una máscara anodina que marcaba una ausencia sacra. Los arqueólogos han estimado que hubo hallazgos de piedras preciosas, pócimas y aromas de recetas secretas donde había cientos de gatos momificados enterrados junto a momias que simulaban envolver en lino a la misma especie pero que resultaron estar vacías.

Las alquimias que profesaban en la palabra del ritual eran una forma de vida. Lo embalsamado es acompañado de jade. Piedras mágicas que contenían el tiempo vivido y el tiempo del enigma. A su vez, las bocas de las estatuillas se frotaban con grasa y se humedecían con leche. Les acompañaba un escarabajo en resina engastado en oro y un texto grabado de naturaleza críptica. Frascos de alabastro. Inscripciones secretas. Esa palabra que transita la muerte como materia y que al proferirse es creadora de realidades. El cuerpo del gato momificado es un fluir constante. Un río. Bordeando al río cientos de ciudades muertas. Desaparecidas. Hay templos cuyos muros desaparecen para el conocedor de las palabras, de ciertas palabras. Hechiceras.

Estaba convencido que aquella búsqueda pertenecía a otro orden. Era como el gato en la caja. No sabría qué efecto, qué vereda, cuál recoveco, el enigma que antecede a una realidad irrefutable. El aspecto torvo de ciertas realidades. Pensé en la palabra gato. Su simpleza. Produce una sombra breve que atraviesa de prisa un aguacero Lautremontiano. Es como la carta en la cual Kafka mandaba besos que se escribían y por escritos, imposibles. Pero su imposibilidad es lo posible. Se entiende que es una filosofía chabacana. Comienzo a pensar que el gato está muerto y está muerto. Sahumerio. Y aquí aparentemente no ha ocurrido nada.