Naipes

(fragmento de novela inédita)

Con las barajas entre las manos como navajas y una flor imperial, una ristra de marineros jugaba a pesar de la marea que estaba alta como la muralla de aquel glaciar a más de tres mil metros de altura. Sabía que la probabilidad de la escalera real era un trampa, un despiste entre los que azuzaban los dedos para hacer movimientos rápidos imperceptibles para los ojos de cualquiera. El paladar degustaba un borbon, uno de los más caros, lo había traído Melecio cuando llegó descalabrado de cuando lo despidió para siempre Svetlana en el muelle. Tenía nombre de rusa pero era marroquí. La cosa es que entre los tragos y las barajas mediaba una desconfianza entre ellos, unas ganas de rajarse. Total, la marea estaba indómita y aquella barcaza se movía como se mece una hamaca vacía en manos de un niño inquieto. A Melecio no le importaba un carajo la jugadita nebulosa, hasta dispuesto estaba para hacerse el perdedor, aunque era de los que detestaba ir atrás en las apuestas… lo de Svetlana le había destruído el alma como aquella vez cuando el barco de pesca irrumpió en el muelle luego de una ventolera, se amaneció recogiendo maderas y uno que otro bañista desorientado. Estaba hecho mierda en realidad. Él la amaba. Como la sombra aquella que veía a las tres de la mañana sobre la pared helada del glaciar que rodeaban cada vez que se proponían despegarse del mundo, los periódicos y los televisores. Es decir, la amaba como a la sombra de la barcaza reflejada en el espejo helado de la pared azul que era negra como la noche a esa hora y aún no se explicaba cómo a pesar de tal oscuridad alcanzaba a ver la sombra sobre la sombra misma. Algo así era Svetlana. Una sombra proyectada sobre la noche, o lo que le explicó su hermano cuando dijo que pintaría sobre el canvas la luz sobre la luz. Y aún sobrio entre apuestas ebrias sobre la pequeña mesa le satisfacía quedarse entre lo helado de una metáfora contenida en el sinsentido, dislocada en el reloj de un tiempo imposible, porque ella estaba lejos, siempre presente en la pulsación que le provocaba el licor caliente que bajaba por su garganta para llegar a un olvido inalcanzable. Sabía de antemano, que aunque se bajara la botella, a la mañana siguiente ella volvería a ser una versión de la luz sobre la luz, como un cuadro de Van Gogh inolvidable, un puente delineado sobre el trigo, un sol fehaciente de que ella anunciaría otra vez la noche, de las tres de la mañana, como la muerte cobijándose entre la muerte misma y el silencio inhóspito de un olvido imposible como la flor imperial y el barajear de las cartas que entre la risa sardónica y la borrachera se escuchaba entre los dedos como galope de un caballo salvaje que eternizaba el instante en su velocidad.