Criptografía glíptica

 

Entre el Tigris y el Éufrates,

sobre tablas de arcilla,

hay un osario.

El aroma del enebro

me recuerda la bruma

y el ardor del mediodía.

La geomancia escondida

en un jardín barroco

captura el infinito contenido en las cosas.

Pasadizos y espejos

reflejados en el agua

de una clepsidra,

que es un fractal.

La mirada de Anguissola

en un autorretrato

o la superficie platinada 

en un canvas de Gentileschi

Los contornos sobre el jaspe, o el topacio,

Quimeras, astríferas, piedras preciosas de Persia.

Como los anillos de una serpiente

Y su adherencia a la madera del ausubo.

Safo, Lucrecio, Hesíodo

amalgama de gestos

sinuosos como Argos

Un ojo que duerme 

Y el otro que permanece en vigilia

No corresponde al poeta decir lo que ha sido

 sino lo que podría ser.

La flor de Jericó

[fragmento]

“Real things in the darkness seem no realer than dreams.” 

Murasaki Shikibu, The Tale of Genji

It is possible to believe that all the past is but the beginning of a beginning, and that all that is and has been is but the twilight of the dawn. It is possible to believe that all the human mind has ever accomplished is but the dream before the awakening.

– H.G. Wells

Nat listened to the tearing sound of splintering wood, and wondered how many million years of memory were stored in those little brains, behind the stabbing beaks, the piercing eyes, now giving them this instinct to destroy mankind with all the deft precision of machines.

Birds–  Daphne du Maurier

Llegaron apenas braceando a la orilla, sus respiraciones sofocadas, consecutivamente infladas, desinfladas, acordeónicas, como los anillos de una serpiente …caí porque uno de ellos ya flotaba y no movía los brazos ni piernas y los otros dos: escandalizados, pero sin fuerzas para  hablar, ni gritar por ayuda ni nada aceleraron el paso hacia la orilla rocosa tambaleándose entre las olas que pegaban fuerte contra las rocas a esa hora de la madrugada. Sentía el ardor que producían los flagelos esplendentes y gelatinosos que abundaban en la espuma. Pero no importaba la sensación, estábamos a salvo y eso era el punto que se fijaba en mi mente como la boca de un túnel.

Sobre las rocas frías y húmedas,  amarrados a estas por una soga, cinco caballos agitaban sus colas, el viento las desordenaba, parecían algas inquietas, voladoras. No tenía ni idea de ese lugar. Lo más real era el parecer que habíamos transitado del sueño a la pesadilla. Casi dejando la noche de plenilunio atrás y en pleamar, sentíamos los trozos de hielo contra nuestra cabeza y espalda como si recibiéramos picotazos de aves hambrientas.

La Fuga

Entre la obscuridad y la maleza, arrastrándose por lo escabroso, apenas jadeantes, los fugitivos se dirigían hacia el norte desde aquella prisión que ya no era cautiverio. Eran alrededor de veinte que con mucho sigilo actuaron su estrategia que ahora los había puesto al filo del sereno. En una fila arrastrada, coordinada, casi sin distinguirse la cabeza y los pies de todos aquellos que serpenteaban ahora entre las piedras y la frondosa vegetación bajo el ruido cercano de varios helicópteros. Un dragón de papel que se camuflajeaba entre la espesura. El cabecilla iba al final de la fila de hombres que ya más jadeantes se alejaban del ruido que casi les sobrevolaba. Cuando llegaran a una quebrada y la atravesaran sin problemas, pues apenas tenía agua, todos reposarían para luego continuar su plan. Atravesaron la quebrada, se detuvieron como habían acordado, se miraron entre ellos con los pechos inflándose y desinflándose aceleradamente, se miraron a los ojos, callados…ni una palabra, ni una queja. El cabecilla sacó una ingeniosa cantimplora que llevaba entre sus piernas pillada. Y les dio de beber a todos que tomaban dos o tres sorbos cada uno y la pasaban. Miraban con agradecimiento al jefe por el alivio a su boca seca provocada por tanta agitación.

El plan era permanecer allí alrededor de venticinco minutos para luego reanudar su primera parte del escape. Y en esa espera, al cabo de un rato, veía el cabecilla cómo cada uno de sus cómplices comenzaban a convulsionar y a contorsionarse, volviéndose un festín de cadáveres en la maleza de manera súbita. Sin mirar atrás, reanudó su trayectoria ahora con la absoluta certeza de su libertad.

Azogue

'Nada es idéntico a la suma
exacta de sus apariencias' - Paul Valéry

Lo que le inquietaba en sus desvelos era esa distancia entre la palabra y lo que la palabra representa; la distancia entre la palabra pensada, la palabra dicha y la palabra escrita. Esos puentes de azúcar cristalizada. El sentido inasible de la existencia de las cosas en el sonido espejo donde reconocemos un lugar común. Un fotógrafo que siempre quiso ser director de cine. Cada vez que fijaba el botón de su cámara sentía que se interponía una distancia parecida entre el objeto capturado y la memoria. Algo muy parecido a lo que sucede con las palabras. Luego, repasando sus fotos impresas, se quedaba con la sensación de que tenía recuerdos por asir, como sentir la tensión de un hilo de pescar y percatarse de que está enganchado a un vacío. Nada pasa. Hubo una fuga. Así era que él definía la vida, una fuga constante de memorias. Mientras me leas yo existiré. Le decía en sus cartas. Para él, esa línea era casi como aquel disco de Miles Davis que solían disfrutar juntos los viernes en la tarde luego de que ella llegara y se quitara los tacos para dejarlos justo en medio de la alfombra. O la fina tela que cubre la acerola que acostumbraban a saborear con los ojos cerrados mientras escuchaban la música dejando las semillas cerca del borde del plato, momento que él siempre recordaba al escuchar el nombre de la fruta. Esa distancia recorrida entre la palabra y la memoria como una cuerda tensa sobre la cual caminan los pies descalzos de alguien a quien no le importa la muerte.

Esos momentos en las tardes donde jugábamos a hacer tonterías, muecas al lente de la nikkon vintage, para luego esperar la sorpresa de la imagen posible en el cuarto obscuro. A mi me gustaba cuando esperando que pasaran las horas ella se quedaba dormida recostada junto a mí, el olor de su cabello me fijaba la idea en la cabeza de que nunca el tiempo es de lo perdido sino de la voluntad del geómetra en cada uno de nosotros. Cuando se busca el sentido de una forma reminiscente de la importancia que le atribuímos a algo conectándolo con otro algo y así sabemos qué precisamente es lo que nos hace sentir vivos. La búsqueda de ella no era igual a la mía. Y esto lo abarcaba todo. Nunca la búsqueda del otro coincide con la nuestra. Y la importancia que le adjudico a una foto no es lo que ella busca. Ella, más que la imagen, busca que el sonido de un sonido melifluo le calme los pensamientos, la haga olvidar el mundo. Busca que lo que yo indague en la imagen sea el tiempo lúdico, la mueca, las torceduras de su boca y ojos y la risa, el tiempo en el cual ella se sienta resguardada para luego irse de nuevo en el tren de las seis de la mañana y comenzar sus tareas automatizadas entre papeles y comandos. Pero ese enigma tan incrustado en su secreto me tomó tiempo aprenderlo. Siempre pensé que para que el sentido de una cosa fuese real alguien debía compartirlo conmigo. Me tomó tiempo saber que apenas alguien comparte un mismo plano, una misma faz de algo, el significado de una palabra. Me tomó tiempo aprender que somos líquidos.

Hoguera

Aquel sabor amargo

del que muerto nos lanza hacia la

hoguera

es desprecio azuzando al fuego

que se levanta como una gran pared

e imperiosamente nos recuerda:

No somos fragmentos de huesos

lanzados al mar.

La insistencia en existir es la bandera.

Lo que asume una certeza de árbol,

una hoja.

Los que no tenemos nada

para saltar al vacío

del que nada pierde.

Hay un intervalo que pende

entre el mundo y la muerte.

Nos toca abandonar la sed

anclada por canallas en las bocas.

Profanar nuestras tumbas.

Que se levanten osarios

transformados en cuerpos.

Tomar la venganza de nuestros

muertos traicionados.

Ser un bosque en llamas.

La impetuosidad de un héroe.

Un grito que atraviesa

la superficie de todas las quietudes.

Conversación en la neblina

Hacía frío y yo sentía que si no fuese por el café que llevábamos en el termo no hubiésemos podido tener una platica coherente. Sentados sobre una piedra, mirando el acantilado del Cañón de San Cristóbal que en ese momento levantaba una nube sobre las montañas por su río caudaloso luego de las recientes lluvias. Se observaban las casas sobre zocos como robots cúbicos que se apoderan del monte, escenario idílico para godzilla y sus rivales. Con la mirada fija en sus manos al hablarme porque se movían como grandes aberrojos que escribían signos irreconocibles en el aire justo frente a mis ojos. Quería explicármelo todo, el accidente, lo inevitable, lo irremediable y lo insólito. Le aclaré que un sorbo de café no daba para tanta historia que in media res nos moriríamos de frío. La literatura no es la vida me recalcaba en tono grave como queriendo guardar un lugar intocable para su relato. Su relato no necesitaba ser visto bajo criterios de literariedad, peleaba con la palabra pero no tanto como con la poeticidad, le parecían conceptos horripilantes. ‘Yo sólo entiendo de pesca’ me decía con las manos azuzando el aire alrededor de ellas, eso de contarte me parece que está demás, añadía haciendo la mueca que su boca adquiría con la forma de barco hundiéndose en el mar.

[Fragmento de novela inédita]