Calopsia


El fotógrafo buscaba el relámpago

en el ojo de una aguja.

En la fosa marina

donde comienza el mar.

En las hojas de los árboles

que voltean sus plateadas verdades en la sombra

En el bolígrafo puesto vencido

sobre el blanco mustio de un papel

que duerme sobre la mesa.

El fotógrafo

ha desaparecido
buscando la piedra filosofal.
¿Acudirá la forma a socavar la paz del sueño?
Buscaba un fulgor instantáneo.
Rielar de lumbre sobre el pedernal.
Sus colores son el arrebol
rosáceo, violáceo azul de algún agua apacible
Vasija, venablo, ánfora,
Forjados por el calor y el tacto
con líquidos untuosos,
aroma de cedro,
almenas de berilo, rubí y piedra de Ofir.

El doble filo del lenguaje no era la máscara, sino las multitudes contenidas en la partícula más compacta.

La que se deja al borde de un vaso.

Un recuerdo.

Un ojo de aguja.

Estudio de figura a la sombra de un árbol

Las muchachas con su rostro ebúrneo,

en las tardes frente al viñedo,

encorvadas como gatos 

sacudiéndose del sueño.

Más allá del valle de tonos amarillos,

lentas en sus movimientos,

precisas,

líneas firmes de un dibujo.

He decidido pintarlas.

Son  puentes que a lo lejos

se yerguen vencidos

contra el horizonte de hierba. 

En una puesta de sol,

como la piel de acerola,

cuando ya está madurando

tras un vergel cerca de un lirio,

he visto el nacarado que irradia la tarde.

El verde preciso de los limoneros

y la ígnea sombra de los flamboyanes.

Aves que sobrevuelan un grabado japonés,

los colores del mundo estallando

a través de mosaicos.

Pero no me había fijado 

en ese modo lento 

que tiene la tristeza.

Parece refractar la luz

 de una manera distinta.

He buscado un roble de sostén

para calmar el pulso de mi trazo.

La efigie de una mujer

cubre el rostro con sus manos;

y llora en silencio bajo la sombra.

Algoritmo demasiado humano

Un nombre no es el espejo exacto de las cosas.
¿Qué se precisa para entender el mundo?
Botellas que flotan en
paisajes remotos,

ciudades de arena enterradas,
sentencias blasfemas,
palabras ancestrales.
Pájaros de ébano levantan el vuelo
entre la espuma de las ensoñaciones.
Un padre y un hijo flotan en el río
luego de buscar hasta el cansancio un elíxir contra el pulso de muerte.
Es la arquitectura de lo inefable:
fósiles servidos en una bandeja de jaspe.

A lo lejos veo una niña.

Cubre con su pequeña mano
los ojos de su muñeca,
que abren y cierran:
ella no quiere observe las ruinas de la ciudad donde construyeron sueños

un paseo en bicicleta

y la sombra tras ella jugando

a buscar la luna.

Se escinde el mundo ante sus ojos:
muecas desafiantes,
gestos de conjuro,
un acto lingüístico de execración,
mefistofélica risa adivinatoria.
Es el olvido absoluto en la forma de las cosas.

Criptografía glíptica

 

Entre el Tigris y el Éufrates,

sobre tablas de arcilla,

hay un osario.

El aroma del enebro

me recuerda la bruma

y el ardor del mediodía.

La geomancia escondida

en un jardín barroco

captura el infinito contenido en las cosas.

Pasadizos y espejos

reflejados en el agua

de una clepsidra,

que es un fractal.

La mirada de Anguissola

en un autorretrato

o la superficie platinada 

en un canvas de Gentileschi

Los contornos sobre el jaspe, o el topacio,

Quimeras, astríferas, piedras preciosas de Persia.

Como los anillos de una serpiente

Y su adherencia a la madera del ausubo.

Safo, Lucrecio, Hesíodo

amalgama de gestos

sinuosos como Argos

Un ojo que duerme 

Y el otro que permanece en vigilia

No corresponde al poeta decir lo que ha sido

 sino lo que podría ser.

Arcanum

Por encima de todo
huyendo de la hoguera
se resiste el mercurio a perder su forma.
La membrana líquida de plata
halla la temperatura de mi gesto
que sorbe del abismo
un vacío
un lenguaje
un salto al silencio
cuya velocidad teje una camisa de fuerza:
la palabra es querer decir el universo,
extender los tentáculos
lo más que se pueda
como un barco que se hunde.
En el agua marina
revelar el alcance
que lleva la neblina al cárcavo,
anunciando la conflagración de un bosque
contenida.
En esa profundidad
se guarda
el sentido del mundo.
Un cazador de sueños
custodia la mordedura,
hipnotista
que incendia la mirada
de un animal mítico:

no parpadea
porque nunca duerme.
Así no decolora el recuerdo
guardado en la resina ocre
del ámbar de su ojo,

fósil de recuerdos,
álbum que no calla sino
extiende tentáculos,
humo fugitivo de la hoguera
para decir lo indecible.
Óleo azul sobre rieles
o una escalera.
Yace un fantasma
con alas de humo
para hacer volar las cosas
que de los ojos escapan.

Inmarcesible

El tiempo es el espacio que pocos entendemos.
Los pliegos del céfiro que cubre
la figura de Remedios Varo,
una montaña en Kiamsi
y un camino
que bordea el contorno pétreo
de un dragón y un tigre.
Un río fluye bajo el guayacán estallando soles.
Y el agua ardiente me recuerda al bosque
como la literatura más antigua de Sakkara.

Un naipe cae del cielo

abriendo un surco en el aire.

Ignífugo.


La muerte es un tren que nos atraviesa.

Es la cercanía de espejismos

lo que nos hace inmortales

La flor de Jericó

[fragmento]

“Real things in the darkness seem no realer than dreams.” 

Murasaki Shikibu, The Tale of Genji

It is possible to believe that all the past is but the beginning of a beginning, and that all that is and has been is but the twilight of the dawn. It is possible to believe that all the human mind has ever accomplished is but the dream before the awakening.

– H.G. Wells

Nat listened to the tearing sound of splintering wood, and wondered how many million years of memory were stored in those little brains, behind the stabbing beaks, the piercing eyes, now giving them this instinct to destroy mankind with all the deft precision of machines.

Birds–  Daphne du Maurier

Llegaron apenas braceando a la orilla, sus respiraciones sofocadas, consecutivamente infladas, desinfladas, acordeónicas, como los anillos de una serpiente …caí porque uno de ellos ya flotaba y no movía los brazos ni piernas y los otros dos: escandalizados, pero sin fuerzas para  hablar, ni gritar por ayuda ni nada aceleraron el paso hacia la orilla rocosa tambaleándose entre las olas que pegaban fuerte contra las rocas a esa hora de la madrugada. Sentía el ardor que producían los flagelos esplendentes y gelatinosos que abundaban en la espuma. Pero no importaba la sensación, estábamos a salvo y eso era el punto que se fijaba en mi mente como la boca de un túnel.

Sobre las rocas frías y húmedas,  amarrados a estas por una soga, cinco caballos agitaban sus colas, el viento las desordenaba, parecían algas inquietas, voladoras. No tenía ni idea de ese lugar. Lo más real era el parecer que habíamos transitado del sueño a la pesadilla. Casi dejando la noche de plenilunio atrás y en pleamar, sentíamos los trozos de hielo contra nuestra cabeza y espalda como si recibiéramos picotazos de aves hambrientas.

Nomenclatura mustia


En una promesa está la palabra

perdida, 

nunca se trata de ignorar la nube

suspendida en una copa de cristal. 

La sutileza está en reconocer

el laberinto de humo

tendido entre los techos. 

A dos aguas el río suena

y la lluvia apalabra lo innombrable. 

Lo innombrable es ese gato de sombra

que no es hoja,

ni árbol

ni lenguaje.

Como si de un trazo se pudiese 

evaporar el mundo. 

Es lo inefable de las cosas,

su arquitectura de aire,

tenías razón en aquello que dijiste. 

Pero eso se fue volando como un

caballo salvaje imaginado por

Magritte.

Él hubiese pintado que esa figuración

no era un caballo 

y yo le hubiese creído a la ensoñación

del lienzo.

Siluetas se elevan

trazos de contornos

Un objeto es la reminiscencia de un

nombre

 y ese nombre es un puente de espejo

que se quiebra 

cuando el último pájaro alza vuelo

sobre la marea insondable

donde la apología del silencio

 hace estallar cuartos vacíos.

Transmutación

¿Acaso el escritor es el animal artístico más cohibido para reconocer en otro de su misma especie el gesto literario? Es una pregunta que se hace Diego una y otra vez mientras garabatea líneas al margen de su cuaderno. La envidia es silente. Esto ya él lo tiene como un dado. No hay quien lo convenza de lo contrario. Él ya se figura a sí mismo como un buzo que se sumerge entre los animales transparentes con algo de luz en su interior. No pelea con la idea. Es complejo le decía Andrés. Pero subía los hombros como queriendo decir nada. ‘Complejo puede ser cualquier asunto, desde una silla hasta una ruta de tren.’ Es relativo le argumentaba Triana. Pero relativo era todo. Llegó el punto que le valía mierda esa transacción de gustos sobre los haberes. A la larga era irrelevante en la hora de la escribanía. Había una piedra que confundían los egipcios con un trozo de nube. Eso le intrigaba. Y él en su trama interior quería conversar sobre ello. Unos cafés, unas notas, unos apuntes sobre una servilleta. Pero esa fragilidad la veía amena entre los músicos o los pintores. No así entre los escritores. En realidad ya había mandado al infierno la idea. Había ocurrido una transmutación dentro de sí. Era cuestión de soltar los pájaros cautivos de una bóveda subterránea. Atisbar el oxígeno a una altura precisa y el movimiento inherente a la escribanía: esa arquitectura de un crujir del aire que lo atraviesa todo.

Supo de un árbol, colgaban relojes de arena amarrados a sus ramas. Pensó en el tiempo. En el ruido de la ciudad que nada tiene que ver con la imagen. Es el tiempo muerto colgado de un árbol. Pero la exigencia de la velocidad y los requerimientos le hizo pensar que la corrosión de los privilegios propios sobre el gusto se había vuelto demasiado insoportable. La literatura no pertenecía a ese laberinto soez. Pensaba que esto de sólo atisbar lo escrito por los muertos o por los galardonados era una necromancia burda. Tal vez en ese árbol el tiempo de los océanos espera cautivo en el cristal para ser apalabrado. Diego, Andrés y Triana reían sobre la idea. La estulticia más grande es que de la muerte nada vence al olvido. Preferían un universo de conversaciones, de vida entre aromas de café y suburbios literarios, aunque la inmovilidad de la arena no apalabrara el sentido que atraviesa el aire o la literatura.