[fragmento]

[Fragmento de escritura]

Se desprenden los brazos a la orilla y el cuerpo es un naufragio que no comprendes del todo. Aunque ahí está la luz que se refleja, piedra pulida sobre el agua. Lo elusivo se instala nuevamente como la sombra de la cabeza del caballo sobre las sábanas en aquella película que vimos juntos. No sabíamos cual era la dimensión precisa de la sombra por ocupar como espejo que estalla y se escucha la arena golpear la ventana y sabes que hay viento y la posibilidad de poner los ojos abiertos contra el aire es solo una ilusión óptica.

Qué cosas decías en tus cartas tan terribles y pequeñas que cabían en la palma de la mano que alguna vez leyó una clarividente con una pañoleta de colores de un misterio. Las cosas evidentes son las más misteriosas porque es la inmediatez lo que hace que la realidad esté descoyuntada. Una osadía estúpida a querer ocupar como un vehículo todoterreno este aire que salpica ráfagas de algún modo asesinas de algo pequeño que se oculta en el pecho, justo en el corazón.

Te detienes. Tienes frente a ti unas palabras, las lees, un tren pasa adentro de tus párpados y estás en otro lugar. Descoyuntado tu que hay una grieta por la que se cuelan todas las pesadillas posibles. Un magnetismo.

monedas
nidos de avispas
peluches
tazas
pomos
monedas
postales
saleros
figuritas de maicena
zapatillas
comics
libros
relojes
monedas
licores en botellas diminutas
xilografias
viruta de lápiz
sobres
sellos

Hay una sombra instalada en el olvido. A veces me pregunto cuanto de ella habia en la fotografia. Mi silencio en contra de la opacidad de la foto. Esa lámina que fantasmagórica lo dispersa todo sobre la superficie. Un tren pasa adentro de tus párpados y estás en otro lugar.
La opacidad del océano es una vastedad que nos sobrepasa, en las aguas subterráneas hay temperaturas que en su punto de hervor habitan criaturas marinas que suscitan extrañeza y nos resta importancia.

Recordé entonces su colección de orbes y de mantas de humo saliendo de algunas de las esquinas de su casa que se había hecho un sahumerio y hubo que rociar agua con sal en las paredes, en las esquinas y en las cornisas donde las arañas tejen pactos invisibles. El día del cumpleaños su madre en un arranque de ira buscó las velas, un cuchillo y una caja de fósforos y como ritual inusitado las colocó una a una con un ritmo lento, con delicadeza, alrededor del matre de su cama. Prendió las velas. La casa era un incendio. Ella había trancado las puertas de la casa y sólo pude asomarme a través de una persiana semiabierta en la que tenía el mar a mis espaldas.

…..

de: Epistolario de lo atroz
[libro en proceso]
~glendalys marrero♠️

[microfragmento de escritura]

El espacio entre ella y yo era un remolino del tiempo en centrífuga hacia una dimensión fuera de la textura y el aroma de las cosas. Terrible era olvidar cada suceso, cada roce, cada una de las palabras dichas o escritas. Más terrible era recordarlo todo, cada desplazamiento de las manos, de la boca, del sudor descendente en la sien, el temblor de los ojos, lo atroz de un agujero en las miradas, las palabras y los alientos del abismo al que ambos en cada encuentro nos lanzábamos. Alguna vez enmarcamos una foto. Dos risas congeladas en el tiempo de la finitud de las cosas. Sabíamos que pertenecería más al tiempo de la temperatura espectral, un tiempo raído dónde la ausencia sería un hueco que perfora el alma si nos viene a la memoria. Cuando los cuerpos se despojan del salitre y supura el dolor, entonces recurrimos a la amalgama de contornos y figuras que levantan un escenario con una cortina tan pesada que requiere de un esfuerzo fuera de nuestra humanidad para avistar un memento, la cristalización de un nexo entre dos lenguas amarradas. Algo así para ella era el amor. Y en un tiempo de odios tan pornográficos y contundentes ella prefería acomodar todo su cuerpo bajo aquel telón pesado y dejar de recordarlo todo para súbitamente ser espectador de cada memoria táctil, sonora y escrita igual que un fantasma asiste al momento de ser liberado de un cuerpo que yace sobre una fina capa de hielo suspendida en el abismo. Todos cargamos olvidos como fantasmas densos que escapan incesantemente de las sombras. Y esa era la sutil manera de ella pertenecer al mundo.

glendalys marrero~

imagen de Zoltan Tasi

[fragmento]

El espacio entre ella y yo era un remolino del tiempo en centrífuga hacia una dimensión fuera de la textura y el aroma de las cosas. Terrible era olvidar cada suceso, cada roce, cada una de las palabras dichas o escritas. Más terrible era recordarlo todo, cada desplazamiento de las manos, de la boca, del sudor descendente en la sien, las palabras y los alientos del abismo al que ambos en cada encuentro nos lanzábamos. Alguna vez enmarcamos una foto. Dos risas congeladas en el  tiempo de la finitud de las  cosas. Sabíamos que pertenecería más al tiempo  de la temperatura espectral, un tiempo raído  dónde la ausencia sería un hueco que perfora el alma si nos viene a la memoria. Cuando los cuerpos se despojan del salitre y supura el dolor, entonces recurrimos a la amalgama de contornos y figuras que levantan un escenario con una cortina tan pesada que requiere de un esfuerzo fuera de nuestra humanidad para avistar un memento, una cristalización de un nexo entre dos lenguas amarradas. Algo así para ella era el amor. Y en un tiempo de odios tan pornográficos y contundentes ella prefería poner todo su cuerpo bajo el peso de aquel telón pesado y dejar de recordarlo todo para súbitamente ser espectador de cada memoria táctil, sonora y escrita igual que un fantasma asiste al momento de ser liberado de un cuerpo que yace sobre una fina capa de hielo suspendida en el abismo. Todos cargamos olvidos como fantasmas densos que escapan incesantemente de las sombras. Y esa era la sutil manera de ella pertenecer al mundo.

«A veces cuando escribo pienso que al otro lado están los ojos vacíos de una fantasma lectora de códigos oblicuos y que es el lenguaje cifrado el que muestra los abismos en los que estará suspendida una vez desatada la escritura, caballo salvaje, una vez pausada, abandonada, una ruina concluida y hasta tal vez repetida, desbordada la mirada fantasma que salta de palabra en palabra suspendida sobre el vapor del ser, seducciones del lenguaje: un mecanismo invisible como fulguraciones mínimas y un tropiezo que desata el engima de un árbol que duerme.»

glendalys marrero~

Fragmento de novela

Mirando por la ventana mientras se escucha Weary Blues interpretada por Johnny Hodges y Duke Ellington, el sax me hunde en el pensamiento: hay un tiempo duro para amar y es este. La objetificación del propio ser ante todo, como concepto que antagoniza lo que se desenvuelve frente a sí mismo…cómo no ha de haber escepticismo en el acto desprendido de otro?, cómo no ha de haber una cuerda floja a punto de romperse en el mensaje de una voluntad de amar, o una comodidad sostenida, en el estar quieto frente a otro, como un pincel hundido en la humedad de la acuarela. Estos Days of Wine and Roses de Wes Montgomery, que nos recuerdan que una copa de vino o una rosa no son nada si se tienen en la soledad. No es lo mismo guardada en un domo de vidrio. O acaso el vino es la rosa líquida que nos recuerda aquello que antes era dar y ahora apenas se nos olvida porque el mensaje constante es confrontarnos a un espejo que es un lago que todos los dias se evapora y hay que zambullirse para rehacerlo de nuevo cada mañana. Yo una vez quise decir una verdad. Pero la palabra amor no fue suficiente. Acaso el tigre de cristal se impone como un piano de hielo carente de un humanismo que si acudiese a la melodia de la fragilidad entonces se atisbase una esencia como el aire sostenido en la esencia de las cosas. Quien ama es desperdicio en estos tiempos que el ruido todo lo devora y los reflejos del agua son fauces que aciagos atraviesan el numen.

[Fragmento, escritura en proceso/glendalys marrero♤]

Fragmento sin título

[nota de la escritora: este blog es un espacio de construcción orgánica si es eso posible en los textos, es decir no todos los textos aquí publicados se quedan inalterados. Son fragmentos de una escritura que ocurre fuera de los ojos que accesan las redes. Los textos subidos al blog son sólo parte de una propuesta literaria más abarcadora, en pocas palabras: este blog está en proceso de edición constante, una escritura inconclusa. El libro, {y l libros futuros} que es un resultado futuro del blog será muy distinto al blog, gracias por leer.]

Había hecho una rasgadura con una navaja en el fondo de su sleeping bag para guardar las cartas que nunca enviaría pero que le ayudaban a soportar los largos días del abismo al que estaba sometido. Una carta cada dos días para su amada que de seguro a esta altura ya lo había olvidado, porque la esperar en el caribe no es cosa ligera. Pero aún a sabiendas de que ese amor seguramente ya no era correspondido creía que insistir en el epistolario le ayudaría a sobrevivir la enredadera de sentimientos encontrados con los que tenía que bregar día y noche. 

La memoria es un artefacto al que hay que forzarle su naturaleza. Toda la energía que se pone en esbozar una arquitectura del recuerdo, las fotos, las fijaciones súbitas de enmarcar en la quietud un momento en velocidad. Nunca comprendí por qué era necesario un corresponsal de guerra. Es querer documentar la muerte, la quietud, el lanzamiento al abismo. Donde todo pierde el sentido; pero…cómo edificar una noción coherente del sinsentido?

Estar en la guerra es una partida de ajedrez en donde siempre se está en jaque. Solía teorizar a las horas donde pegaba duro el aburrimiento capturando las imágenes más crueles que había visto, reconstruyéndolas obsesivamente y eso lo hacía una especie de traidor. Él lo sabía. Y ese saber era una sustancia con la morfología de unos brazos amarrados por la soga de la imposibilidad. Esto me parecía muy poético pero no lejanamente falso. ¿Habría cabida para tanto razonamiento dentro de esas circunstancias o hubiese sido preferible ser menos humano?

Invisibles

Imposible abandonar esa ciudad

donde las palabras se tornaron cosas

que se vuelven vida:

La música emana

de los pájaros que golpean con su vuelo

los cristales de los edificios.

Sentarse a esperar el tren

que sin duda llegará vacío,

erigiendo sombras,

es un ritual vespertino

destellando pasadizos del recuerdo

como soles que visitan cada tarde.

La industria alemana

no pudo inventar

lo que a nosotros nos tomó una madrugada.

Un código inquebrantable,

pero frágil,

la memoria de la mano que servía el café

sobre las mesas desérticas

teorizadas, conceptuales,

evocando con pinceles

una piedra tan azul

que estaba hecha de nubes.

Y así,

sumergida

en la profundidad del mar,

la acuarela en la pared

de ese museo

que juntos construímos

bajo la superficie.

Donde antes hubo un parque

ahora hay una catedral

y un campanario de jade.

Cuentan los que visitan

que el roce de brisa en las campanadas

suele dar la hora.

Los espectros

que habitaban aquel tren

lanzan desde el aire

ecos que quiebran los vitrales.

La nostalgia del aroma

que deja tras de sí,

como huella luminosa,

la mutación de la luna.

Sabiendo que sólo pasaría

tu silueta cincelada sobre el agua,

compré la taquilla del cine

para esa película que nunca veríamos.

Dicen que el lienzo relator

queda iluminando trazos parpadeantes

sobre las butacas tan vacías de nosotros.

Allí los niños juegan con sus sombras

para no sentirse solos.

Sobre la mesa de noche

hay una foto,

como el tren deshabitado,

en la que nada se ve

pero se siente

la mirada fulminante

que fulge del fantasma

de quien

soy

el único testigo.

Hoguera

Aquel sabor amargo

del que muerto nos lanza hacia la

hoguera

es desprecio azuzando al fuego

que se levanta como una gran pared

e imperiosamente nos recuerda:

No somos fragmentos de huesos

lanzados al mar.

La insistencia en existir es la bandera.

Lo que asume una certeza de árbol,

una hoja.

Los que no tenemos nada

para saltar al vacío

del que nada pierde.

Hay un intervalo que pende

entre el mundo y la muerte.

Nos toca abandonar la sed

anclada por canallas en las bocas.

Profanar nuestras tumbas.

Que se levanten osarios

transformados en cuerpos.

Tomar la venganza de nuestros

muertos traicionados.

Ser un bosque en llamas.

La impetuosidad de un héroe.

Un grito que atraviesa

la superficie de todas las quietudes.

Elegía Marítima

Debí escribir esta misiva al llegar a casa aquella noche luego de estar horas buscándote en la oscuridad del mar. Pero tenía las manos temblorosas, todo de mí temblaba como las hojas que me mostraste cuando les daba el viento. Yo no estaba en mí. Era inmenso el caos en mí. Yo estaba en otra parte. Tal vez rogándole a lo que fuese, lo que pudiese ser, aquello que en mi mente no era posible hasta ese instante, algo que te devolviera a la orilla, algo que mostrase tu silueta en el horizonte contra el claroscuro de aquella noche terrible. Era inmenso aquel espacio, como un lienzo. Un supervacío, la estructura más grande que ha visto la humanidad, yo pensaba eso mientras te buscaba, aunque apenas podía pensar, pensaba aquella conversación que tuvimos cuando vimos el sol flotar como un globo encandilado, te explicaba como hay un punto frío en el haz de luz más antiguo del universo y ese punto frío se me clavaba en el pecho. Aquel instante me atravesaba. No había cosmología posible. Era un remolino voraz que me tragaba, me sacaba el aire, me sofocaba.
Seguramente si hubiese escrito en ese momento cuando ya estaba todo perdido, no hubiese recordado el rostro que figurabas cuando escuchábamos a Nina, tú en la cocina, yo en la butaca, el sonido del agua contra los platos, mi cabeza reclinada y la voz como viniendo del centro de un ausubo hueco

Played with fire and I was burn

Gave a heart but I was spurn
All these time I have yearned
Just to have my love return

Years have passed by
The spark still remains
True love can’t die
It smoulders in flame
when the fire is burning off
and the angels call my name
Dying love will leave no doubt
I’m the keeper of the flame 


Y sonreías. Aquella carta de manos temblorosas no se hubiese parecido a esta. Hubiese sido un remolino de orguídeas muertas que aceleran hacia un precipicio. Imposible ontología.
En cambio ahora, puedo escuchar como con la voz felina, esa voz felina que asumías en la madrugada, Porgy, me decías, yo soy Nina. Y la cantabas. Como una dulce centinela de mi sueño. 

I love you, Porgy

Me cantabas

Don’t let him take me
Don’t let him handle me and drive me mad
If you can keep me
I wanna stay here with you forever
I’ve got my man

Cantaba Nina.

Someday I know he’s coming to call me
He’s going to handle me and hold me soon
He’s going…

Pero la cantabas tú. El océano. Annabel Lee. De eso hablaba la canción, yo ignoraba el deja vu. Yo intuía que algo no se parecía a la figura exacta de tus gestos. Intuía que aquel momento no encajaba como aquella pieza del rompecabeza que estuvimos buscando en la arena. ¿Recuerdas? Era un fragmento de una barcaza azul que contabas te traía a la memoria  cuando ibas en una parecida para ver la aurora boreal en tu último viaje. 

Komorebi. Llegaste con esa palabra de ese viaje. Lo recuerdo como ahora. La escuchaste.en una conversación e indagaste curiosa. Esa luz que se esparce entre las hojas temblorosas por el viento. Pero esa noche, aquella noche que regresé sin ti, no había critpografía, ni luz posible, ni palabras como signo, ni lenguaje. Sólo un supervacío con un punto frío intenso. Una estocada de acero. Una muerte propia.