Muelle

[fragmento de novela]

Y eso me ponía a pensar, por qué ese gusto por las fotos sobre la mesita de noche.

Por qué invocar a los queridos antes de dormir. ¿Para qué? Acaso el miedo a no regresar de lo que pareciera un vórtice de cosas, símbolos, memorabilia. Nunca soñé con la playa, pero sí con el mar pegando fuerte contra un gran muro cubierto de algas violáceas y verde obscuro, la lluvia de sal caía desde arriba luego de que la espuma descendiera por la pared de piedra y el sonido del desvanecimiento de la espuma era lo único en común entre ambos mundos. Ese sonido cuando arrastramos hasta el alma en las rodillas. El sonido del desvanecimiento del mar en mis heridas.

A mi que nadie me había explicado el tiempo, cómo se deshace, su delicadeza en el ser. La fragilidad. Recordé un soplador de vidrio, los colores que reflejaban el candor del fuego. Sus anaranjados. El tiempo tiene una maleabilidad  y es azul cobalto. Pero se deshace, así como el horno encandila en el cristal lo que estaba por perderse. Así eran los recuerdos.

Había una media de colar café. Hice café mientras nos calentábamos las manos con la fricción acelerada. El pan y el café con leche sobre una mesa de caoba. El descenso del café como un riachuelo, ese sonido constante me traía a la memoria que somos breves como el sorbo y acaso una pulsación del tiempo. Dafne vivía con la filosofía  de vivir la vida como algo que se olvidaría inescapablemente mientras yo la vivía con la convicción de otro tiempo posible. Le reventaba que esa era mi filosofía de vida. Total, de lo que había presagiado sólo los solsticios eran ciertos. Tan ciertos como el trozo de pan cortado en rebanadas, doradas por fuera, con algo de tibieza adentro, y un café recién colado en media. Desterrando todos los olores que habitaban la humedad del lugar. La taza de café colocada sobre un platito de porcelana con un barco pesquero dibujado en tinta azul al lado de un muelle sobrevolado por pájaros diminutos que habrían requerido un trazo firme y preciso como un reloj sueco. Había un tablillero repleto de bibelots, la pared contigua llena de relojes con sus péndulos todos funcionando excepto uno que otro rememorando la naturaleza de una casa abandonada. Como en el horror vacui, no había espacio para el espacio en aquella pared. Y eso nos hacía pensar en el espacio. Ahora la libertad era adentro. Afuera, los pájaros habían creado pánico. Lo habían ocupado casi todo. Los cables, las ramas de los árboles, las piedras, algunos botes abandonados.

Pájaros

[fragmento de novela]

– Porque siempre me pareció que los pájaros hablaban de un tiempo por venir, no que hablaban literalmente, son metáforas, símbolos, la línea invisible que se traza de un pasado a un futuro a las alas abiertas  del ahora. Por los pájaros conocerás los temporales. – miraba hacia la lejanía como quien mira un recuerdo.

 Y el tiempo. – se escuchó la voz cansada.

El vapor del agua en hervor inundaba el cuarto. Era el anís estrellado y canela para alejar los malos espíritus del lugar.

Un asunto siniestro había en los álbumes familiares. Cada vez lo humano era más lejano. Venimos de escribirnos cartas hasta tener encriptado el pensamiento. Estos pájaros no eran de carne, eran imágenes líquidas, el deseo de alguien. Veníamos huyendo de unos pájaros inquietos, insatisfechos.

Y ese olor me llevaba a la memoria que nunca pude asir, pero de la cual me hablaban mis tías. La mesa servida, la mesa con la cena concluída, desordenadas las servilletas y el plato servido con postres de arroz, de harinas, el extracto de vainilla, el anís y su corteza fractaria. Por qué hubo un tiempo de álbumes y memorias cuando íbamos directo al paisaje de la ruina. La ruina como número al que se asiste para aliviar la ausencia, la música de una alegría que antes se esbozaba como fórmula de vida, mucho antes que los pájaros.

La estopilla de hilo blanco con un patrón de fractales de Vicsek, era lo único interpuesto entre nuestra mirada y el horizontes. Y en el tendido eléctrico, dispuestos en orden, los pájaros, allí quietos como estatuillas de ébano.

Aeropuertos vacíos

[fragmento de novela inédita]

Él sabía que muy adentro todos cargamos un estuche para lo aterrador. Que la versatilidad de lo que nos persigue a los rincones más remotos es igual al mundo submarino. Colores, texturas, tamaños, dimensiones, perspectivas…simuladas todas en la superficie, deambulando en lo nocturno del mar. Lo más obscuro de nosotros – me decía – está hecho en sfumato. Y yo que no sabía mucho de arte: ¿Cómo así? , – Sencillo. Añadió, capas finas, como mantos fantasmales que revisten el canvas hasta llegar a la figuración, como Da Vinci propuso.

Y algo de cierto había en esa metáfora. Yo, que había vivido intensamente tantos cambios durante la vida me había resignado a pensar que las experiencias me llevaban siempre a una falta irresoluta en el otro. Las personas siempre tendían a pensarse mejor de lo que eran, un boceto del enmascaramiento. Pero allí, dónde nos encontrábamos ahora, no había espacio para pensar lentamente la malicia. Había que actuar descaradamente la sobrevivencia aún así implicase la anulación del otro.

Calixto, fotógrafo y dibujante, teorizaba las horas, un pensamiento sustancia con la morfología de unos brazos amarrados a la soga de la imposibilidad. Esto me parecía muy poético pero no lejanamente falso. ¿Había cabida para tanto razonamiento dentro de esas circunstancias o hubiese sido preferible ser menos humano?

El estado de la distancia propone un cristal imaginario en el que la nostalgia está contenida adentro de un escaparate. Estar lejos de su país proponía una otredad que no la sobrevivía el concepto. Es lo mismo que suscita un muelle o la línea que margina el océano de todo lo demás.


Naipes

(fragmento de novela inédita)

Con las barajas entre las manos como navajas y una flor imperial, una ristra de marineros jugaba a pesar de la marea que estaba alta como la muralla de aquel glaciar a más de tres mil metros de altura. Sabía que la probabilidad de la escalera real era un trampa, un despiste entre los que azuzaban los dedos para hacer movimientos rápidos imperceptibles para los ojos de cualquiera. El paladar degustaba un borbon, uno de los más caros, lo había traído Melecio cuando llegó descalabrado de cuando lo despidió para siempre Svetlana en el muelle. Tenía nombre de rusa pero era marroquí. La cosa es que entre los tragos y las barajas mediaba una desconfianza entre ellos, unas ganas de rajarse. Total, la marea estaba indómita y aquella barcaza se movía como se mece una hamaca vacía en manos de un niño inquieto. A Melecio no le importaba un carajo la jugadita nebulosa, hasta dispuesto estaba para hacerse el perdedor, aunque era de los que detestaba ir atrás en las apuestas… lo de Svetlana le había destruído el alma como aquella vez cuando el barco de pesca irrumpió en el muelle luego de una ventolera, se amaneció recogiendo maderas y uno que otro bañista desorientado. Estaba hecho mierda en realidad. Él la amaba. Como la sombra aquella que veía a las tres de la mañana sobre la pared helada del glaciar que rodeaban cada vez que se proponían despegarse del mundo, los periódicos y los televisores. Es decir, la amaba como a la sombra de la barcaza reflejada en el espejo helado de la pared azul que era negra como la noche a esa hora y aún no se explicaba cómo a pesar de tal oscuridad alcanzaba a ver la sombra sobre la sombra misma. Algo así era Svetlana. Una sombra proyectada sobre la noche, o lo que le explicó su hermano cuando dijo que pintaría sobre el canvas la luz sobre la luz. Y aún sobrio entre apuestas ebrias sobre la pequeña mesa le satisfacía quedarse entre lo helado de una metáfora contenida en el sinsentido, dislocada en el reloj de un tiempo imposible, porque ella estaba lejos, siempre presente en la pulsación que le provocaba el licor caliente que bajaba por su garganta para llegar a un olvido inalcanzable. Sabía de antemano, que aunque se bajara la botella, a la mañana siguiente ella volvería a ser una versión de la luz sobre la luz, como un cuadro de Van Gogh inolvidable, un puente delineado sobre el trigo, un sol fehaciente de que ella anunciaría otra vez la noche, de las tres de la mañana, como la muerte cobijándose entre la muerte misma y el silencio inhóspito de un olvido imposible como la flor imperial y el barajear de las cartas que entre la risa sardónica y la borrachera se escuchaba entre los dedos como galope de un caballo salvaje que eternizaba el instante en su velocidad.