Criptografía glíptica

 

Entre el Tigris y el Éufrates,

sobre tablas de arcilla,

hay un osario.

El aroma del enebro

me recuerda la bruma

y el ardor del mediodía.

La geomancia escondida

en un jardín barroco

captura el infinito contenido en las cosas.

Pasadizos y espejos

reflejados en el agua

de una clepsidra,

que es un fractal.

La mirada de Anguissola

en un autorretrato

o la superficie platinada 

en un canvas de Gentileschi

Los contornos sobre el jaspe, o el topacio,

Quimeras, astríferas, piedras preciosas de Persia.

Como los anillos de una serpiente

Y su adherencia a la madera del ausubo.

Safo, Lucrecio, Hesíodo

amalgama de gestos

sinuosos como Argos

Un ojo que duerme 

Y el otro que permanece en vigilia

No corresponde al poeta decir lo que ha sido

 sino lo que podría ser.

Arcanum

Por encima de todo
huyendo de la hoguera
se resiste el mercurio a perder su forma.
La membrana líquida de plata
halla la temperatura de mi gesto
que sorbe del abismo
un vacío
un lenguaje
un salto al silencio
cuya velocidad teje una camisa de fuerza:
la palabra es querer decir el universo,
extender los tentáculos
lo más que se pueda
como un barco que se hunde.
En el agua marina
revelar el alcance
que lleva la neblina al cárcavo,
anunciando la conflagración de un bosque
contenida.
En esa profundidad
se guarda
el sentido del mundo.
Un cazador de sueños
custodia la mordedura,
hipnotista
que incendia la mirada
de un animal mítico:

no parpadea
porque nunca duerme.
Así no decolora el recuerdo
guardado en la resina ocre
del ámbar de su ojo,

fósil de recuerdos,
álbum que no calla sino
extiende tentáculos,
humo fugitivo de la hoguera
para decir lo indecible.
Óleo azul sobre rieles
o una escalera.
Yace un fantasma
con alas de humo
para hacer volar las cosas
que de los ojos escapan.

Inmarcesible

El tiempo es el espacio que pocos entendemos.
Los pliegos del céfiro que cubre
la figura de Remedios Varo,
una montaña en Kiamsi
y un camino
que bordea el contorno pétreo
de un dragón y un tigre.
Un río fluye bajo el guayacán estallando soles.
Y el agua ardiente me recuerda al bosque
como la literatura más antigua de Sakkara.

Un naipe cae del cielo

abriendo un surco en el aire.

Ignífugo.


La muerte es un tren que nos atraviesa.

Es la cercanía de espejismos

lo que nos hace inmortales

Hoguera

Aquel sabor amargo

del que muerto nos lanza hacia la

hoguera

es desprecio azuzando al fuego

que se levanta como una gran pared

e imperiosamente nos recuerda:

No somos fragmentos de huesos

lanzados al mar.

La insistencia en existir es la bandera.

Lo que asume una certeza de árbol,

una hoja.

Los que no tenemos nada

para saltar al vacío

del que nada pierde.

Hay un intervalo que pende

entre el mundo y la muerte.

Nos toca abandonar la sed

anclada por canallas en las bocas.

Profanar nuestras tumbas.

Que se levanten osarios

transformados en cuerpos.

Tomar la venganza de nuestros

muertos traicionados.

Ser un bosque en llamas.

La impetuosidad de un héroe.

Un grito que atraviesa

la superficie de todas las quietudes.