Asir el aire

El cuerpo como un todo, irreal, entre los cuerpos invisibles que habitan el mundo. zona limítrofe de la sombra. la delineación de la lógica. A veces es la promesa rota. Lo que no entendemos. lo que nos cuestiona a cada instante, qué somos y para qué.  Un átomo. Un nanosegundo de pulsión. El cuerpo es ánfora de las preguntas que nos hacemos incesantemente cuando estamos dormidos. Las líneas que traza la artista cuando fija la mirada sobre sí. No hay geometría posible teorizada al ámparo de una estética, porque todo lo ocupa y revela la estancia dónde duerme el laurel. Y esta figura que se expande y contrae igual que el universo nos regresa a la maravilla del enigma de un destello. Veo las manos pequeñas de mi hijo hacer un castillo de arena, veo su boca expandirse en una sonrisa como su fuese una hilera de algas sobre la arena mojada. Veo que mi corazón se contrae igual que se retira el mar. Las maravillas de la vida se expanden y nos volvemos destellos de estrellas lanzados al aire y podemos decir que no pocas veces se ama la vida y que somos agua y al agua vuelven nuestros sueños. Los sueños de mi hijo: él los guarda con sus pequeñas manos sobre la arena, le coloca caracoles y los adorna de un jardín marino y salado, igual que al nacer, destella un fulgor que sale de las líneas que figura su cuerpo sobre la arena e impregna la vida de un misterio que lo inunda todo con su luz. En el cuerpo de mi hijo habitan las estrellas, ese es el sueño de la madre que hizo una casa en la arena para que nunca se pierdan así se las lleve el mar.

glendalys marrero~

Elegía Marítima

Debí escribir esta misiva al llegar a casa aquella noche luego de estar horas buscándote en la oscuridad del mar. Pero tenía las manos temblorosas, todo de mí temblaba como las hojas que me mostraste cuando les daba el viento. Yo no estaba en mí. Era inmenso el caos en mí. Yo estaba en otra parte. Tal vez rogándole a lo que fuese, lo que pudiese ser, aquello que en mi mente no era posible hasta ese instante, algo que te devolviera a la orilla, algo que mostrase tu silueta en el horizonte contra el claroscuro de aquella noche terrible. Era inmenso aquel espacio, como un lienzo. Un supervacío, la estructura más grande que ha visto la humanidad, yo pensaba eso mientras te buscaba, aunque apenas podía pensar, pensaba aquella conversación que tuvimos cuando vimos el sol flotar como un globo encandilado, te explicaba como hay un punto frío en el haz de luz más antiguo del universo y ese punto frío se me clavaba en el pecho. Aquel instante me atravesaba. No había cosmología posible. Era un remolino voraz que me tragaba, me sacaba el aire, me sofocaba.
Seguramente si hubiese escrito en ese momento cuando ya estaba todo perdido, no hubiese recordado el rostro que figurabas cuando escuchábamos a Nina, tú en la cocina, yo en la butaca, el sonido del agua contra los platos, mi cabeza reclinada y la voz como viniendo del centro de un ausubo hueco

Played with fire and I was burn

Gave a heart but I was spurn
All these time I have yearned
Just to have my love return

Years have passed by
The spark still remains
True love can’t die
It smoulders in flame
when the fire is burning off
and the angels call my name
Dying love will leave no doubt
I’m the keeper of the flame 


Y sonreías. Aquella carta de manos temblorosas no se hubiese parecido a esta. Hubiese sido un remolino de orguídeas muertas que aceleran hacia un precipicio. Imposible ontología.
En cambio ahora, puedo escuchar como con la voz felina, esa voz felina que asumías en la madrugada, Porgy, me decías, yo soy Nina. Y la cantabas. Como una dulce centinela de mi sueño. 

I love you, Porgy

Me cantabas

Don’t let him take me
Don’t let him handle me and drive me mad
If you can keep me
I wanna stay here with you forever
I’ve got my man

Cantaba Nina.

Someday I know he’s coming to call me
He’s going to handle me and hold me soon
He’s going…

Pero la cantabas tú. El océano. Annabel Lee. De eso hablaba la canción, yo ignoraba el deja vu. Yo intuía que algo no se parecía a la figura exacta de tus gestos. Intuía que aquel momento no encajaba como aquella pieza del rompecabeza que estuvimos buscando en la arena. ¿Recuerdas? Era un fragmento de una barcaza azul que contabas te traía a la memoria  cuando ibas en una parecida para ver la aurora boreal en tu último viaje. 

Komorebi. Llegaste con esa palabra de ese viaje. Lo recuerdo como ahora. La escuchaste.en una conversación e indagaste curiosa. Esa luz que se esparce entre las hojas temblorosas por el viento. Pero esa noche, aquella noche que regresé sin ti, no había critpografía, ni luz posible, ni palabras como signo, ni lenguaje. Sólo un supervacío con un punto frío intenso. Una estocada de acero. Una muerte propia.

Lumbre

La mirada sobre el libro, como relámpago que esparce su volatilidad en el lenguaje, extendiendo rieles entre las palabras, gota a gota: lluvia desmenuzada. El poema de Tyutchev, bajo el escrutinio de unos ojos inocentes hacia el mundo, justo antes de la maravilla. Un vaso de cristal se desliza sobre una mesa de madera bajo el precepto de un rayo que se desprende de aquellos ojos, la mirada que refleja el vaso, deslizándose solo sobre la mesa. Un vagón de tren descarrilado hacia el posible estallido. Pero se detiene justo al borde del acantilado. El mar en su interior se mueve como una ola atrapada en el lenguaje del enigma. El segundo frasco patina sobre la superficie como la cuchilla de metal sobre una pista de hielo, una danza solitaria que bordea elípticamente el pensamiento, las palabras, los versos recién leídos, trabados por los ramajes de la lógica, del descifrar de signos. Luego del fenómeno, para la mirada de quien mira, el frasco que contiene un planeta de misterios se detiene al resguardo de un abismo donde los nombres se pierden, se deshacen como materia de un tiempo ya pasado consumido en una hoguera. El tercer vaso, largo como un tren, resbala como serpiente, en una planicie donde corpúsculos flotan formando un cielo alcanzable. El vaso repta, sin mano que le aplique la fuerza justa sobre sí, el tren descarrilado cae por el precipicio, como una roca que emite un ruido mordaz e intraducible y qie se hunde en el mar. El sonido del tren, la sinfonía trémula, atraviesa el horizonte afuera de la ventana, hace temblar la tierra, ante la existencia impávida de una niña con el alma inalterable. Una paz calculada destella una quietud que sólo el universo puede interpretar. La música ya no dice nada. Todo está contenido en los objetos que gravitan el océano del sentido que sostiene la diapositiva. El movimiento desacraliza la sombra que se oculta tras cada palabra que pretende delinear una forma, un concepto, una noción y ese vaivén es el árbol y la niña es poeta.

Sepia

[fragmento de novela]

Buscaba el lado de su dormitorio donde la luz resultase amable para trazar la línea. Recordó la sentencia de Gavarni: ni un solo día sin una línea. Había recibido la caja de colores, las acuarelas, esa tarde trabajaba el pincel y esfumino, apenas aplicaba color. Se le hacía insoportable la idea de que su compañero de cuarto se marcharía pronto, llevándose consigo los aguafuertes y bocetos pegados a la pared. Los sauces, los olmos, las cabañas, los obreros, las campesinas doblando su lomo como gatos petrificados sobre la maleza que recién había logrado dominar en su trazo taciturno. Y por su cabeza volaba como pájaro reincidente la idea shakesperiana de vencer lo que se resiste, esta vez sus trazos al carbón de aquel árbol que no se dejaba dibujar como si tuviese la voluntad viva de no existir en un plano bidimensional. Se abría un abismo entre la naturaleza y el movimiento de la mano. Había una metafísica inherente a la búsqueda de esa luz. Una resistencia al pulso de la muerte. Era la única forma que había entendido su ida hasta entonces. Trazando meridianos de lo vivo a lo muerto, del árbol al papel. Entonces la búsqueda de luz precisa era lo que le quedaba. Ya las paredes del cuarto vacío hablaban de la ausencia de su amigo, el viaje en tren hacia el norte, la convicción de mantra que le repetiría el poeta: la duda lleva a la forma. Acaso surgía del trazo en el papel un epitafio precoz a la antesala del ocaso.

Moaré

Atravesar la distancia en el viento con el candil encendido le recordaba al lente de Tarkovsky, su poesía detenida. Un esbozo de lo que sentía al atravesar la escasa geometría del recuerdo. El movimiento de la imagen donde los objetos narran su relato callado, la silueta de las manos que una vez los sostuvieron para luego crear momentos de neblina en su remembranza inútil y cotidiana. Lo literario tiene sus fauces marcadas en lo imposible. Una vez entendido ese corolario comenzarían los pasos lentos con la cera caliente, blanca y derretida por entre los dedos, dejando un sendero que luego se transformaría como una estrella envejecida. Era la sensación del momento aquel cuando se quemaría el film de la película y en la pantalla grande se fue deshaciendo la imagen de afuera hacia el centro, lentamente, dejando un islote calcinado al borde del sinsentido. El furor de una ira estúpida que le costó a Tanaka su cabeza servida en un festín japonés. Uno recurre a la secuencia, los recuerdos atraen significantes, símbolos, mementos, fotografías. Pero es el movimiento lo más que nos acerca a la sensación de vida. Somos ruletas rusas de sucesos baladíes, hasta que la suerte nos precisa un detenimiento. Una ilusión de belleza. Él entendía esto. Acaso su insomnio le hacía pensar demás. Cuando estuvo perdido al pie del Monte Eber, aquellas montañas heladas le recordarían que su muerte le alcanzaría, no habría una manera alterna de sobrevivir. Por eso, mientras se helaban sus extremdades su mente cogió velocidad. Recordó cuando las manos rompieron la taquilla del cine justo en la antesala de aquel filme derretido. Había vivido justo para recordar aquello en la vitrina de su propia muerte. Se preguntaba si no estaría confundiendo escenas, en una trasposición incesante de nombres, rostros, líneas, música. Hacía frío y la esclera de sus ojos se vertía sobre la piedra helada abriendo cauce a la implosión absoluta de todas las certezas.