[fragmento]

[Fragmento de escritura]

Se desprenden los brazos a la orilla y el cuerpo es un naufragio que no comprendes del todo. Aunque ahí está la luz que se refleja, piedra pulida sobre el agua. Lo elusivo se instala nuevamente como la sombra de la cabeza del caballo sobre las sábanas en aquella película que vimos juntos. No sabíamos cual era la dimensión precisa de la sombra por ocupar como espejo que estalla y se escucha la arena golpear la ventana y sabes que hay viento y la posibilidad de poner los ojos abiertos contra el aire es solo una ilusión óptica.

Qué cosas decías en tus cartas tan terribles y pequeñas que cabían en la palma de la mano que alguna vez leyó una clarividente con una pañoleta de colores de un misterio. Las cosas evidentes son las más misteriosas porque es la inmediatez lo que hace que la realidad esté descoyuntada. Una osadía estúpida a querer ocupar como un vehículo todoterreno este aire que salpica ráfagas de algún modo asesinas de algo pequeño que se oculta en el pecho, justo en el corazón.

Te detienes. Tienes frente a ti unas palabras, las lees, un tren pasa adentro de tus párpados y estás en otro lugar. Descoyuntado tu que hay una grieta por la que se cuelan todas las pesadillas posibles. Un magnetismo.

monedas
nidos de avispas
peluches
tazas
pomos
monedas
postales
saleros
figuritas de maicena
zapatillas
comics
libros
relojes
monedas
licores en botellas diminutas
xilografias
viruta de lápiz
sobres
sellos

Hay una sombra instalada en el olvido. A veces me pregunto cuanto de ella habia en la fotografia. Mi silencio en contra de la opacidad de la foto. Esa lámina que fantasmagórica lo dispersa todo sobre la superficie. Un tren pasa adentro de tus párpados y estás en otro lugar.
La opacidad del océano es una vastedad que nos sobrepasa, en las aguas subterráneas hay temperaturas que en su punto de hervor habitan criaturas marinas que suscitan extrañeza y nos resta importancia.

Recordé entonces su colección de orbes y de mantas de humo saliendo de algunas de las esquinas de su casa que se había hecho un sahumerio y hubo que rociar agua con sal en las paredes, en las esquinas y en las cornisas donde las arañas tejen pactos invisibles. El día del cumpleaños su madre en un arranque de ira buscó las velas, un cuchillo y una caja de fósforos y como ritual inusitado las colocó una a una con un ritmo lento, con delicadeza, alrededor del matre de su cama. Prendió las velas. La casa era un incendio. Ella había trancado las puertas de la casa y sólo pude asomarme a través de una persiana semiabierta en la que tenía el mar a mis espaldas.

…..

de: Epistolario de lo atroz
[libro en proceso]
~glendalys marrero♠️

[microfragmento de escritura]

El espacio entre ella y yo era un remolino del tiempo en centrífuga hacia una dimensión fuera de la textura y el aroma de las cosas. Terrible era olvidar cada suceso, cada roce, cada una de las palabras dichas o escritas. Más terrible era recordarlo todo, cada desplazamiento de las manos, de la boca, del sudor descendente en la sien, el temblor de los ojos, lo atroz de un agujero en las miradas, las palabras y los alientos del abismo al que ambos en cada encuentro nos lanzábamos. Alguna vez enmarcamos una foto. Dos risas congeladas en el tiempo de la finitud de las cosas. Sabíamos que pertenecería más al tiempo de la temperatura espectral, un tiempo raído dónde la ausencia sería un hueco que perfora el alma si nos viene a la memoria. Cuando los cuerpos se despojan del salitre y supura el dolor, entonces recurrimos a la amalgama de contornos y figuras que levantan un escenario con una cortina tan pesada que requiere de un esfuerzo fuera de nuestra humanidad para avistar un memento, la cristalización de un nexo entre dos lenguas amarradas. Algo así para ella era el amor. Y en un tiempo de odios tan pornográficos y contundentes ella prefería acomodar todo su cuerpo bajo aquel telón pesado y dejar de recordarlo todo para súbitamente ser espectador de cada memoria táctil, sonora y escrita igual que un fantasma asiste al momento de ser liberado de un cuerpo que yace sobre una fina capa de hielo suspendida en el abismo. Todos cargamos olvidos como fantasmas densos que escapan incesantemente de las sombras. Y esa era la sutil manera de ella pertenecer al mundo.

glendalys marrero~

imagen de Zoltan Tasi

[fragmento]

El espacio entre ella y yo era un remolino del tiempo en centrífuga hacia una dimensión fuera de la textura y el aroma de las cosas. Terrible era olvidar cada suceso, cada roce, cada una de las palabras dichas o escritas. Más terrible era recordarlo todo, cada desplazamiento de las manos, de la boca, del sudor descendente en la sien, las palabras y los alientos del abismo al que ambos en cada encuentro nos lanzábamos. Alguna vez enmarcamos una foto. Dos risas congeladas en el  tiempo de la finitud de las  cosas. Sabíamos que pertenecería más al tiempo  de la temperatura espectral, un tiempo raído  dónde la ausencia sería un hueco que perfora el alma si nos viene a la memoria. Cuando los cuerpos se despojan del salitre y supura el dolor, entonces recurrimos a la amalgama de contornos y figuras que levantan un escenario con una cortina tan pesada que requiere de un esfuerzo fuera de nuestra humanidad para avistar un memento, una cristalización de un nexo entre dos lenguas amarradas. Algo así para ella era el amor. Y en un tiempo de odios tan pornográficos y contundentes ella prefería poner todo su cuerpo bajo el peso de aquel telón pesado y dejar de recordarlo todo para súbitamente ser espectador de cada memoria táctil, sonora y escrita igual que un fantasma asiste al momento de ser liberado de un cuerpo que yace sobre una fina capa de hielo suspendida en el abismo. Todos cargamos olvidos como fantasmas densos que escapan incesantemente de las sombras. Y esa era la sutil manera de ella pertenecer al mundo.

Asir el aire

El cuerpo como un todo, irreal, entre los cuerpos invisibles que habitan el mundo. zona limítrofe de la sombra. la delineación de la lógica. A veces es la promesa rota. Lo que no entendemos. lo que nos cuestiona a cada instante, qué somos y para qué.  Un átomo. Un nanosegundo de pulsión. El cuerpo es ánfora de las preguntas que nos hacemos incesantemente cuando estamos dormidos. Las líneas que traza la artista cuando fija la mirada sobre sí. No hay geometría posible teorizada al ámparo de una estética, porque todo lo ocupa y revela la estancia dónde duerme el laurel. Y esta figura que se expande y contrae igual que el universo nos regresa a la maravilla del enigma de un destello. Veo las manos pequeñas de mi hijo hacer un castillo de arena, veo su boca expandirse en una sonrisa como su fuese una hilera de algas sobre la arena mojada. Veo que mi corazón se contrae igual que se retira el mar. Las maravillas de la vida se expanden y nos volvemos destellos de estrellas lanzados al aire y podemos decir que no pocas veces se ama la vida y que somos agua y al agua vuelven nuestros sueños. Los sueños de mi hijo: él los guarda con sus pequeñas manos sobre la arena, le coloca caracoles y los adorna de un jardín marino y salado, igual que al nacer, destella un fulgor que sale de las líneas que figura su cuerpo sobre la arena e impregna la vida de un misterio que lo inunda todo con su luz. En el cuerpo de mi hijo habitan las estrellas, ese es el sueño de la madre que hizo una casa en la arena para que nunca se pierdan así se las lleve el mar.

glendalys marrero~

Fragmento sin título

[nota de la escritora: este blog es un espacio de construcción orgánica si es eso posible en los textos, es decir no todos los textos aquí publicados se quedan inalterados. Son fragmentos de una escritura que ocurre fuera de los ojos que accesan las redes. Los textos subidos al blog son sólo parte de una propuesta literaria más abarcadora, en pocas palabras: este blog está en proceso de edición constante, una escritura inconclusa. El libro, {y l libros futuros} que es un resultado futuro del blog será muy distinto al blog, gracias por leer.]

Había hecho una rasgadura con una navaja en el fondo de su sleeping bag para guardar las cartas que nunca enviaría pero que le ayudaban a soportar los largos días del abismo al que estaba sometido. Una carta cada dos días para su amada que de seguro a esta altura ya lo había olvidado, porque la esperar en el caribe no es cosa ligera. Pero aún a sabiendas de que ese amor seguramente ya no era correspondido creía que insistir en el epistolario le ayudaría a sobrevivir la enredadera de sentimientos encontrados con los que tenía que bregar día y noche. 

La memoria es un artefacto al que hay que forzarle su naturaleza. Toda la energía que se pone en esbozar una arquitectura del recuerdo, las fotos, las fijaciones súbitas de enmarcar en la quietud un momento en velocidad. Nunca comprendí por qué era necesario un corresponsal de guerra. Es querer documentar la muerte, la quietud, el lanzamiento al abismo. Donde todo pierde el sentido; pero…cómo edificar una noción coherente del sinsentido?

Estar en la guerra es una partida de ajedrez en donde siempre se está en jaque. Solía teorizar a las horas donde pegaba duro el aburrimiento capturando las imágenes más crueles que había visto, reconstruyéndolas obsesivamente y eso lo hacía una especie de traidor. Él lo sabía. Y ese saber era una sustancia con la morfología de unos brazos amarrados por la soga de la imposibilidad. Esto me parecía muy poético pero no lejanamente falso. ¿Habría cabida para tanto razonamiento dentro de esas circunstancias o hubiese sido preferible ser menos humano?

Sahumerio

Esta cabeza no era igual a las que le precedían. Le sobraban ojos (como a la luna y las arañas) y le faltaban los dientes; se los habían arrancado uno a uno en su primera transformación. Era mejor así, una amenaza menos hace que todo sea más llevadero y soportable. Lo que no muerde no mata, pensaba Casandra en su solitario devenir. Así, por las noches cubría la jaula como se cubren las jaulas de los pájaros, para que la luna tornada en cabeza se callara la boca y la dejara dormir.

Todas las mañanas, la cabeza desdentada (que antes fue luna llena y mucho antes luna menguada) con voz estentórea maldice y profana palabras de paisajes remotos, de ciudades de arena enterradas. Y es la cabeza una vorágine de lenguas, palabras ancestrales, maldiciones, sentencias blasfemas: un acto lingüístico de execración. Algo mucho más que una sombra de conjuros de lo terrible y lo inhóspito. Porque aquello que decía la cabeza eran sortilegios ahondados en una verdad atroz. Contorsionaba su rostro y sus párpados y los ojos se movían para todas partes y con voz estentórea repetidamente reclamaba su memoria. Estaba atestada de imágenes, de rituales ahora insoportablemente aburridos y deleznables. Las muecas desafiantes, las miradas punzantes de tal testa producían vértigo en Casandra, un mareo tal que comenzaba a pensar más lento de lo usual. Ahora intentaba escribir con destreza y rapidez lo dicho por aquel busto incompleto y animado. Sentía aprehensión por todo aquello que veía.

Y aquellos que antes miraban entre riserías divertidas y deleite ahora veían con horror cómo de la cabeza surgía por la boca y los múltiples párpados filamentos de precarias sombras (como el humo de una vela encandilada que recién fue apagada) que poco a poco iba conformándose en una criatura lo más parecido a una sombra vaporizada o a un mortífero sahumerio. Al principio la cabeza de Casandra, miraba los hilos de humo sin saber que no eran tentáculos de pulpo saliendo por los párpados y la boca sino, entonces era verdad, la guardiana del espanto no estaba soñando y evanescente era lo menos que era aquella figura. 

Casandra tomó su cabeza de la mesita de noche y comenzó a enroscarla porque había que pensar rápido, había que acelerar la huida. “ Sólo es un laberinto, una artimaña de Dédalo. Este laberinto se descifra desde adentro” se decía a sí misma repetidamente como un mantra. Porque hay un sesgo terrible en este relato y es que la llave no existe. Mientras se colocaba la cabeza, sentenció el dictamen que algunos siglos atrás alguien le había decretado a un golem: “Eres una creación de la magia; vuelve a tu polvo”. Pero nada de esto funcionaba. Y los participantes, al otro lado, ya no se divertían tanto por todo lo contemplado. “Del divertimento al horror un paso es”: decía ahora con sorna el cráneo fósil enjaulado con la risa crujiendo entre su mandíbula y su quijada mientras la criatura de humo se desplazaba rápidamente por el aire de aquel cuarto. Y allí quedó la luna como un fósil puesta sobre una bandeja de jaspe enjaulada.

Ingrávida

Colgados los pies en la rama de un árbol
se quebranta el cielo.

Mar ingrávido
que se desborda
ante la voracidad de los pájaros.


Miríadas de luces se ven a lo lejos
destellando sobre los tejados de las cabañas.
Tonalidades tan precisas de ocre
que me recuerdan los cuadros de Millet.

Alguna vez un verso merodeó en neblina el laberinto de los cementerios.

No era Baudelaire un epitafio

sino estatua de humo,

esfinge erigida para marcar equinoccios
de la ciudad perdida.





La flor de Jericó

[fragmento]

“Real things in the darkness seem no realer than dreams.” 

Murasaki Shikibu, The Tale of Genji

It is possible to believe that all the past is but the beginning of a beginning, and that all that is and has been is but the twilight of the dawn. It is possible to believe that all the human mind has ever accomplished is but the dream before the awakening.

– H.G. Wells

Nat listened to the tearing sound of splintering wood, and wondered how many million years of memory were stored in those little brains, behind the stabbing beaks, the piercing eyes, now giving them this instinct to destroy mankind with all the deft precision of machines.

Birds–  Daphne du Maurier

Llegaron apenas braceando a la orilla, sus respiraciones sofocadas, consecutivamente infladas, desinfladas, acordeónicas, como los anillos de una serpiente …caí porque uno de ellos ya flotaba y no movía los brazos ni piernas y los otros dos: escandalizados, pero sin fuerzas para  hablar, ni gritar por ayuda ni nada aceleraron el paso hacia la orilla rocosa tambaleándose entre las olas que pegaban fuerte contra las rocas a esa hora de la madrugada. Sentía el ardor que producían los flagelos esplendentes y gelatinosos que abundaban en la espuma. Pero no importaba la sensación, estábamos a salvo y eso era el punto que se fijaba en mi mente como la boca de un túnel.

Sobre las rocas frías y húmedas,  amarrados a estas por una soga, cinco caballos agitaban sus colas, el viento las desordenaba, parecían algas inquietas, voladoras. No tenía ni idea de ese lugar. Lo más real era el parecer que habíamos transitado del sueño a la pesadilla. Casi dejando la noche de plenilunio atrás y en pleamar, sentíamos los trozos de hielo contra nuestra cabeza y espalda como si recibiéramos picotazos de aves hambrientas.

Dopplegänger

Sólo recuerdo el remolino de hojas que se formó en el vapor que defracta la imagen sobre la carretera. Recuerdo el efecto. Una centrífuga en alta velocidad. Vorágine. Como una peña que cae. Me acordé de las veces que bajábamos a Salinas, un camino angosto desde Aibonito, y una gran piedra agarrada de la nada. Desde aquellos paseos pensaba en la muerte.

Luego de dar vueltas y recorrer varios metros se detuvo el carro. Era la súbita certeza en un espiral sumada a la certeza asentada de una carretera vacía. Yo que pensaba que la vida era eso. Una angosta carretera vacía pero sin certezas. Soñaba constantemente que iba en bicicleta en una autopista. Esta vez no era un sueño, transitaba bordeando la muerte y no lo sabía.

Vi la figura de un gato.

En el asfalto.

Mojado como el asfalto de un video en mtv de los ochenta. El gato era una línea que salía desde el asfalto y al asfalto regresaba. Parecido al dibujo de la boa que se tragó al elefante. La superficie del gato brillaba con la luz de la luna. El gato era una línea iridiscente que temblaba. Cuántas vidas tendría ahora. El mundo daba vueltas y yo temblaba de manera más pendeja que aquel gato. Aceleré y me perdí de todo aquello. Pude haberme detenido, sí, tienes razón, pero la noche y esa carretera no mezclan.

Lo único que sentí fue un leve golpetazo. Pero en mi cabeza la certeza del momento era la muerte. En ese remolino estaba yo solo, el gato estaba afuera. Pero yo ni lo sabía. Luego de detenerme pensé que era un bulto. Hasta que vi sus orejas levantarse, de seguro hubiese vivido, de seguro sí. Entiende de una vez que no podía detenerme. Un gato satisfecho no se lanza a la calle. Tal vez alguien lo abandonó o no tenía dueño. Entonces me recriminabas lo del gato con esos movimientos de abanico en high con las manos bien cerca de mi cara, como si el susto que pasé fuese poca cosa. Y habías leído ese día la noticia de los hallazgos en el Saqqara. Creeías que era enternecedor la costumbre de envolver en lino a los gatos y yo te decía que no sólo a los gatos sino leones, cocodrilos, monos y ratones y tú insistías en los gatos, ah, los gatos: eso era otra cosa. Y yo miraba tus ojos, y tus palabras se iban a la tumba donde van a parar los ecos. Yo me fijaba en superficie que se esconde tras la vidriosa esfera de tus ojos enfurecidos. Se me parecía al color de Kepler-186f. Veía tus cejas arqueadas hacia adentro, como las de un pinball.

¿Cómo si milenios antes, toda una civilización tendría este ritual para los gatos y a mi no me importó dejar uno en la calle? Preguntabas alterada.

Pero desde cuándo nos volvimos tan frágiles. Es un gato. Tan simple esa palabra, tan simple es encontrarse con uno. Simple es pronunciarlo, simple sentir su mirada, ¿has contado cuántas veces un gato ha puesto su mirada sobre ti? ¿No entiendes lo aterrador de una calle vacía a esa hora? No entiendes que aún queda un terror y de los más terribles. La mirada de un gato a esa hora, precisamente en esa carretera. ¿Sabes de qué está hecho el mundo a esa hora? ¿Sabes de qué está hecha la mirada de un gato a esa hora?

Pero el que tenía que vivir con la angustia del gato era yo. El gato podría estar vivo pero igual pudo haber muerto. Creo que todo pude pensarlo al recordarlo súbitamente por primera vez. Fue un hervor esclarecedor. Pero en aquel momento sentía la curvatura del tiempo, daba vueltas y parecía no poder pensar, el remolino a alta velocidad y el gato en alguna parte; afuera. No hallaba imaginar cuánto podría durar el recuerdo de aquel frío, la neblina, la carretera. Temblándome las piernas guié hasta una estación de gasolina. Me detuve. Había dos chamacos. Uno con la pierna trepada como flamingo contra la pared, el otro con una botella en mano y la otra haciendo movidas de director de orquesta en temporada primaveral. Entré. Compré una botella de agua y un beef jerky. Pedí unos cigarrillos. Salí de regreso al auto. Encendí el motor. Aceleré lento. Regresé al lugar a ver si veía al gato. Me detendría. Lo salvaría. Pero fue inútil. Pasé con las luces largas y nada que ver. Me pareció ver la imagen de una figura vestida con piel de pantera cruzando la calle. De seguro era intentando no sentirme solo. ¿Sabías que según el color del aceite y las lámparas de alabastro se lee el futuro? Lo leí en alguna parte. Pensé que lo que fuese leído en la palma de mi mano o en la borra de café al fondo de la taza era la palabra misma como conjuro y ese conjuro causa perplejidad. El recuerdo es una suerte de perplejidad. Tenía que encontrar al gato si quería estar tranquilo. Todo intento rayó en la inutilidad. Trataba de explicarte que en tus ojos yo veía esa superficie, de la cual no tenemos idea de su temperatura. Tampoco tengo idea de tu temperatura. Como no la tuve de aquel gato. Sabía que te parecería atroz y cobarde. Ahora mismo no tengo idea de su temperatura. Nunca sabré. Y esto en sí es una perplejidad.

Pensaba todo esto mientras pasaba lento en el auto buscando al gato. El espacio dimensional que ocupaba su figura me recordaba los intersticios en las figuras de encantamiento visual del palacio de Alhambra. Con la precisión de un reloj atómico mi mente urdía teorías de la probabilidad de vida que pudiese tener el felino. La posible ecuación de relatividad para este evento extremo. Hubiese podido calcular la distancia entre el evento y la posible muerte del animal. ¿Pero qué digo? El enigma contenido en un agujero negro o las configuraciones aleatorias de un cuarzo a metros de profundidad en una cueva mineral son tan inaprensibles como la teoría de vida o muerte de aquel gato.

Las anotaciones que Heródoto hiciera sobre la batalla de Pelusio y el libro perdido de Polieno, ‘Estratagemas’, narran cómo el ejército Persa venció al hijo del Faraón que había muerto cobrándole a éste el engaño de su padre. En los escudos la imagen de Bastet, con su sistro y una mirada felina cuyo semblante no podría ser dañado ni remotamente por los egipcios. Lanzaron gatos hacia las almenas hasta lograr la victoria persa luego de atravesar la península del Sinaí. Heródoto cuenta que matar a un gato resultaba en una condena que hasta costaba la vida. Los arqueros egipcios simplemente no podían lanzar al ver la imagen de Bastet cuyo doble era Sekhmet: su ira traería desgracias mayores para el reino. Tras la contienda, miles de cráneos fueron hallados luego que la tormenta de arena terminase. Como una canción antiquísima, papiros óseos cuyo críptico lenguaje oculta las razones por las cuales el Sol desciende a los infiernos.

No era casualidad que las estatuas de los gatos difuntos fuesen colocadas de cara al sur. Gatos con bocas purificadas con natrón e incienso. Las bocas de las estatuas que acompañaban a los cadáveres perfumados eran ungidas con elixires de plantas milenarias y arenas subterráneas. El cuerpo embalsamado y la estatuilla en una danza de transubstanciación. La estatua era el doble de los difuntos. Incluyendo los gatos del Nilo. Tendría un escarabajo tallado en piedra verde sobre el pecho, corazón que guarda lo vivido. Heródoto contaba que cada vez que se moría un gato el dueño se afeitaba las cejas en señal de luto. Los ojos al desnudo del dolor. Moría un gato y nacía una máscara anodina que marcaba una ausencia sacra. Los arqueólogos han estimado que hubo hallazgos de piedras preciosas, pócimas y aromas de recetas secretas donde había cientos de gatos momificados enterrados junto a momias que simulaban envolver en lino a la misma especie pero que resultaron estar vacías.

Las alquimias que profesaban en la palabra del ritual eran una forma de vida. Lo embalsamado es acompañado de jade. Piedras mágicas que contenían el tiempo vivido y el tiempo del enigma. A su vez, las bocas de las estatuillas se frotaban con grasa y se humedecían con leche. Les acompañaba un escarabajo en resina engastado en oro y un texto grabado de naturaleza críptica. Frascos de alabastro. Inscripciones secretas. Esa palabra que transita la muerte como materia y que al proferirse es creadora de realidades. El cuerpo del gato momificado es un fluir constante. Un río. Bordeando al río cientos de ciudades muertas. Desaparecidas. Hay templos cuyos muros desaparecen para el conocedor de las palabras, de ciertas palabras. Hechiceras.

Estaba convencido que aquella búsqueda pertenecía a otro orden. Era como el gato en la caja. No sabría qué efecto, qué vereda, cuál recoveco, el enigma que antecede a una realidad irrefutable. El aspecto torvo de ciertas realidades. Pensé en la palabra gato. Su simpleza. Produce una sombra breve que atraviesa de prisa un aguacero Lautremontiano. Es como la carta en la cual Kafka mandaba besos que se escribían y por escritos, imposibles. Pero su imposibilidad es lo posible. Se entiende que es una filosofía chabacana. Comienzo a pensar que el gato está muerto y está muerto. Sahumerio. Y aquí aparentemente no ha ocurrido nada.

Esencias y aroma

Como describir los pájaros del futuro, digitales, líquidos, de véras queríamos alcanzar la idea de lo palpable? ¿Por qué la idea no se resiste a la posibilidad de lo palpable?

– Porque a mi siempre me pareció que los pájaros hablaban de un tiempo por venir, no que hablaban literalmente, los pájaros son metáforas, son símbolos, la línea invisible que se traza de un pasado a un futuro y las alas abiertas  del ahora. Por los pájaros conocerás los temporales.

  Y el tiempo. – se escuchó la voz cansada.

El vapor del agua en hervor, de anís estrellado y canela para alejar los malos espíritus del lugar recordaban al asunto siniestro había en los álbumes familiares. Cada vez lo humano era más lejano. Veníamos de escribirnos cartas hasta tener encriptado el pensamiento. Estos pájaros no eran de carne, eran el deseo de alguien. Veníamos huyendo de unos pájaros inquietos, insatisfechos.

Y el olor me llevaba a una memoria que nunca pude asir, pero de la cual me hablaban mis tías. La mesa servida, la mesa con los platos terminados, desordenados los papeles y el plato servido con postres de arroz, de harinas, el extracto de vainilla, el anís y su corteza fractaria. Porque hubo un tiempo de álbumes y memorias cuando íbamos directo al paisaje de la ruina. La ruina como número al que se asiste para aliviar la ausencia, la música de una alegría que antes se esbozaba como fórmula de vida, mucho antes que los pájaros.

Había una ventana que abría con dos hojas de madera hacia afuera. Al otro lado era el ruido de las horas más animadas. La estopilla con un patrón de fractales de Vicsek, era lo único tendido, de hilo blanco interpuesto sobre el horizonte. Y en el tendido dispuestos en orden: los pájaros, quietos como estatuillas de ébano.  Los pasos subiendo y bajando la escalera. Los sonidos intensos al llegar a la boca del túnel que conducía al otro lado del pueblo. Las escaleras servían de atajo, cosa de ahorrar tiempo. El perro ladraba a los desconocidos y se volvía todo un alboroto. Pensaba cómo construir la figura de un personaje en el ámbito de lo creíble. ¿Acaso para esto era que escribía? ¿Representar una realidad para así traducir una realidad a otra? Eso lo consideraba senda estupidez. La literatura era ese lugar al que no le sentaría una alfombra de diseño. El escritor le planteaba al fotógrafo, con ademanes veloces que hacían hincapié en la imposibilidad de una teoría. La mala literatura existía. Igual que existían los oficios mecánicos realizados con torpeza, sea por prisa o por búsqueda de algo que no se halla bajo el oficio desde el cual buscamos. Del mismo modo que un vendedor te convence de comprar el perfume tiene como fijador algo parecido a un cuarto cerrado por años. Le llamaremos aroma porque ha sido su nomenclatura asignada. Haremos el cuento del no perfume que es perfume porque hay una puesta en escena que requiere a un perfumista. Sin embargo la escena funciona mejor sin esa esencia en escena.