Nomenclatura mustia


En una promesa está la palabra

perdida, 

nunca se trata de ignorar la nube

suspendida en una copa de cristal. 

La sutileza está en reconocer

el laberinto de humo

tendido entre los techos. 

A dos aguas el río suena

y la lluvia apalabra lo innombrable. 

Lo innombrable es ese gato de sombra

que no es hoja,

ni árbol

ni lenguaje.

Como si de un trazo se pudiese 

evaporar el mundo. 

Es lo inefable de las cosas,

su arquitectura de aire,

tenías razón en aquello que dijiste. 

Pero eso se fue volando como un

caballo salvaje imaginado por

Magritte.

Él hubiese pintado que esa figuración

no era un caballo 

y yo le hubiese creído a la ensoñación

del lienzo.

Siluetas se elevan

trazos de contornos

Un objeto es la reminiscencia de un

nombre

 y ese nombre es un puente de espejo

que se quiebra 

cuando el último pájaro alza vuelo

sobre la marea insondable

donde la apología del silencio

 hace estallar cuartos vacíos.

Transmutación

¿Acaso el escritor es el animal artístico más cohibido para reconocer en otro de su misma especie el gesto literario? Es una pregunta que se hace Diego una y otra vez mientras garabatea líneas al margen de su cuaderno. La envidia es silente. Esto ya él lo tiene como un dado. No hay quien lo convenza de lo contrario. Él ya se figura a sí mismo como un buzo que se sumerge entre los animales transparentes con algo de luz en su interior. No pelea con la idea. Es complejo le decía Andrés. Pero subía los hombros como queriendo decir nada. ‘Complejo puede ser cualquier asunto, desde una silla hasta una ruta de tren.’ Es relativo le argumentaba Triana. Pero relativo era todo. Llegó el punto que le valía mierda esa transacción de gustos sobre los haberes. A la larga era irrelevante en la hora de la escribanía. Había una piedra que confundían los egipcios con un trozo de nube. Eso le intrigaba. Y él en su trama interior quería conversar sobre ello. Unos cafés, unas notas, unos apuntes sobre una servilleta. Pero esa fragilidad la veía amena entre los músicos o los pintores. No así entre los escritores. En realidad ya había mandado al infierno la idea. Había ocurrido una transmutación dentro de sí. Era cuestión de soltar los pájaros cautivos de una bóveda subterránea. Atisbar el oxígeno a una altura precisa y el movimiento inherente a la escribanía: esa arquitectura de un crujir del aire que lo atraviesa todo.

Supo de un árbol, colgaban relojes de arena amarrados a sus ramas. Pensó en el tiempo. En el ruido de la ciudad que nada tiene que ver con la imagen. Es el tiempo muerto colgado de un árbol. Pero la exigencia de la velocidad y los requerimientos le hizo pensar que la corrosión de los privilegios propios sobre el gusto se había vuelto demasiado insoportable. La literatura no pertenecía a ese laberinto soez. Pensaba que esto de sólo atisbar lo escrito por los muertos o por los galardonados era una necromancia burda. Tal vez en ese árbol el tiempo de los océanos espera cautivo en el cristal para ser apalabrado. Diego, Andrés y Triana reían sobre la idea. La estulticia más grande es que de la muerte nada vence al olvido. Preferían un universo de conversaciones, de vida entre aromas de café y suburbios literarios, aunque la inmovilidad de la arena no apalabrara el sentido que atraviesa el aire o la literatura.

Rastros

Durante los días del verano visité la playa a la que iba de niño con mi padre. Aunque en ese momento estaba vacía sentía cómo se ordenaban en mi memoria aquellos sucesos, con una continuidad que no pertenecía a un solo momento. Sin voluntad alguna mi mente delineaba una arquitectura para los recuerdos. La esfera de colores que me lanzaba por el aire desde sus manos adultas, agrietadas, con la dureza de los esfuerzos; venía hacia mí como estrella desprendida de una miríada. Mi mirada ciega por la luz encendida en todas las cosas. La arena, el paisaje, como un reflejo súbito en el espejo. Había una pulsión de dar continuidad a las risas, las palabras ahogadas en el aire, la espuma del mar llegando a nuestros pies y su sonido al desvanecerse. El lenguaje de la memoria no pertenece al mundo. Es un código, una huella digital. Nuestra voluntad traza una ruta a los recuerdos, como las mariposas monarcas o los pájaros que emigran hacia el sur. Los reflejos cambian como luces de bengala, se van desvaneciendo, hasta que en su lejanía alcanzamos el solitario rastro de lo inefable.

La Fuga

Entre la obscuridad y la maleza, arrastrándose por lo escabroso, apenas jadeantes, los fugitivos se dirigían hacia el norte desde aquella prisión que ya no era cautiverio. Eran alrededor de veinte que con mucho sigilo actuaron su estrategia que ahora los había puesto al filo del sereno. En una fila arrastrada, coordinada, casi sin distinguirse la cabeza y los pies de todos aquellos que serpenteaban ahora entre las piedras y la frondosa vegetación bajo el ruido cercano de varios helicópteros. Un dragón de papel que se camuflajeaba entre la espesura. El cabecilla iba al final de la fila de hombres que ya más jadeantes se alejaban del ruido que casi les sobrevolaba. Cuando llegaran a una quebrada y la atravesaran sin problemas, pues apenas tenía agua, todos reposarían para luego continuar su plan. Atravesaron la quebrada, se detuvieron como habían acordado, se miraron entre ellos con los pechos inflándose y desinflándose aceleradamente, se miraron a los ojos, callados…ni una palabra, ni una queja. El cabecilla sacó una ingeniosa cantimplora que llevaba entre sus piernas pillada. Y les dio de beber a todos que tomaban dos o tres sorbos cada uno y la pasaban. Miraban con agradecimiento al jefe por el alivio a su boca seca provocada por tanta agitación.

El plan era permanecer allí alrededor de venticinco minutos para luego reanudar su primera parte del escape. Y en esa espera, al cabo de un rato, veía el cabecilla cómo cada uno de sus cómplices comenzaban a convulsionar y a contorsionarse, volviéndose un festín de cadáveres en la maleza de manera súbita. Sin mirar atrás, reanudó su trayectoria ahora con la absoluta certeza de su libertad.

Vitrales

Sin saberlo había llegado a esa parte del sueño en la cual no quería despertar. No sabía bien por qué revisitaba esa casa ubicada en el tope de un pedregal aledaño al océano. Era de noche y la presencia del mar era absolutamente sonora. El afuera era un lienzo de tonalidad obscura, como un asomo a la boca de una ánfora de barro. Los sueños son como libros perdidos que reencontramos y hay una trama que se queda ahí atrapada a modo de lenguaje escrito, críptico e impenetrable. En medio de cada sueño hay un acantilado. Un piano se transforma en bote, y una casa puede contener una carretera. En aquel sueño todo a mi alrededor cambiaba de forma, asumía un nuevo modo de existir; menos la casa, su ubicación, el afuera de la casa. Hay veces que prefiero mantenerme en el sueño. La ilusión de existir en esa manera siempre ha despertado mi interés. Soñé aquella noche que Malvia me había contado de nuevo el suceso que había ocurrido en la casa contigua décadas atrás. Era un rumor, casi una leyenda que se había pasado de generación en generación. Una mujer había muerto en circunstancias extrañas y su fantasma inquieto se paseaba por la playa justo a las tres de la madrugada. Siempre que ocurría el avistamiento, se escuchaba un tropel de caballos en la arena. Un sonido inconfundible y abarcador contaban. Pero sólo se le veía a ella, con su cabello largo y una sotana que arrastraba y dejaba un rastro en la arena. A los caballos nunca se les veía. Sólo se les escuchaba. Malvia abría los ojos cuando llegaba la parte en la cual narraba lo de los caballos. Imagínense, una leyenda que se contaba con los sesgos que se cuenta una historia bien documentada. Pero en el sueño no era Malvia quien me lo contaba sino Dafne. Y me lo contaba de otro modo y nos acercábamos a la ventana, que era de dos hojas de madera que abrían hacia afuera, y veíamos a los caballos. Eran más de siete. Varios eran de color claro. Parecían celajes de humo con sus sombras arrojándose al mar desde una peña. Pero luego la música comenzaba a sonar en el piano. Relataba que supo lo que era la vida el día que su abuela le cosió una muñeca de retazos de telas olvidadas en un rincón del cuarto y se pinchó el dedo justo al momento de hacerle los ojos. Serán verdes profundos como el color del mar cuando el viento está revuelto. Recordaba Dafne. Y miraba las manos con las venas que sobresalían del dorso de la mano. Y la muñeca quedaba manchada. Dafne le preguntó si algo así era la vida. Y ella le respondió: la vida se asemeja a lo que sueñas cuando estás cerca del mar. Una melodía de Satie entraba como una brisa desde afuera de la casa, pero el piano estaba adentro. Un búho de color azul cerúleo se posaba sobre el alféizar. Miraba fijamente, imamovible. A Dafne yo le contaba que en mis sueños siempre había una catedral que se asemejaba a la arquitectura de algo que vi en una enciclopedia y cuyo nombre no sé. Pasaba con mi bicicleta, la que tuve de niño, y aceleraba justo cuando sentía el aroma a sándalo y un cántico angustioso que inundaba todo. Le relataba a Dafne que mi corazón aceleraba tanto como los pedales e iba a parar a un pedregal, una especie de pared de piedra en la cual se esparcían mis dientes. Dafne, que ahora era Malvia se llevaba las manos a la boca y apretaba los ojos mostrando el punto máximo de tolerancia. Yo le contaba que en mi sueño, así como un plano horizontal de perspectiva, veía como se acercaba un tropel de caballo, una bota cubierta de lodo seco, una voz profunda de bramido. Veía la mano tosca recogiendo cada uno de mis dientes como si fuesen canicas y se los llevaba al bolsillo de su camisa, uno a uno y lentamente se alejaba.

Azogue

'Nada es idéntico a la suma
exacta de sus apariencias' - Paul Valéry

Lo que le inquietaba en sus desvelos era esa distancia entre la palabra y lo que la palabra representa; la distancia entre la palabra pensada, la palabra dicha y la palabra escrita. Esos puentes de azúcar cristalizada. El sentido inasible de la existencia de las cosas en el sonido espejo donde reconocemos un lugar común. Un fotógrafo que siempre quiso ser director de cine. Cada vez que fijaba el botón de su cámara sentía que se interponía una distancia parecida entre el objeto capturado y la memoria. Algo muy parecido a lo que sucede con las palabras. Luego, repasando sus fotos impresas, se quedaba con la sensación de que tenía recuerdos por asir, como sentir la tensión de un hilo de pescar y percatarse de que está enganchado a un vacío. Nada pasa. Hubo una fuga. Así era que él definía la vida, una fuga constante de memorias. Mientras me leas yo existiré. Le decía en sus cartas. Para él, esa línea era casi como aquel disco de Miles Davis que solían disfrutar juntos los viernes en la tarde luego de que ella llegara y se quitara los tacos para dejarlos justo en medio de la alfombra. O la fina tela que cubre la acerola que acostumbraban a saborear con los ojos cerrados mientras escuchaban la música dejando las semillas cerca del borde del plato, momento que él siempre recordaba al escuchar el nombre de la fruta. Esa distancia recorrida entre la palabra y la memoria como una cuerda tensa sobre la cual caminan los pies descalzos de alguien a quien no le importa la muerte.

Esos momentos en las tardes donde jugábamos a hacer tonterías, muecas al lente de la nikkon vintage, para luego esperar la sorpresa de la imagen posible en el cuarto obscuro. A mi me gustaba cuando esperando que pasaran las horas ella se quedaba dormida recostada junto a mí, el olor de su cabello me fijaba la idea en la cabeza de que nunca el tiempo es de lo perdido sino de la voluntad del geómetra en cada uno de nosotros. Cuando se busca el sentido de una forma reminiscente de la importancia que le atribuímos a algo conectándolo con otro algo y así sabemos qué precisamente es lo que nos hace sentir vivos. La búsqueda de ella no era igual a la mía. Y esto lo abarcaba todo. Nunca la búsqueda del otro coincide con la nuestra. Y la importancia que le adjudico a una foto no es lo que ella busca. Ella, más que la imagen, busca que el sonido de un sonido melifluo le calme los pensamientos, la haga olvidar el mundo. Busca que lo que yo indague en la imagen sea el tiempo lúdico, la mueca, las torceduras de su boca y ojos y la risa, el tiempo en el cual ella se sienta resguardada para luego irse de nuevo en el tren de las seis de la mañana y comenzar sus tareas automatizadas entre papeles y comandos. Pero ese enigma tan incrustado en su secreto me tomó tiempo aprenderlo. Siempre pensé que para que el sentido de una cosa fuese real alguien debía compartirlo conmigo. Me tomó tiempo saber que apenas alguien comparte un mismo plano, una misma faz de algo, el significado de una palabra. Me tomó tiempo aprender que somos líquidos.

Baliza para la literatura

La velocidad que se escuece en estos tiempos implica que las pausas son cada vez más fugaces. Son vorágines de alto voltaje. Vivir implica el movimiento constante y veloz de las cosas, los gestos, las inquietudes en el traslado de un cuerpo de un lugar a otro. De igual manera esa circulación aplica a la mente. ̣¿Cuán posible es el espacio literario contemporáneo? Supongamos que se logra lo cuestionado anteriormente ¿cómo se caracterizaría el espacio, si alguno, que subyace a la crítica literaria? Son ademanes vulnerables a la diseminación del olvido como contraparte.

El ciberespacio que ocupa nuestras mentes no requiere sutilezas. Cada vez la literatura se halla más arrinconada. O es olvidada con mayor frecuencia. Y alguien dirá: todo se olvida. Y sí, hasta uno mismo es sujeto a olvidarse de su propia existencia. Pero más allá de ese vacío inherente a la ontología más humana hay un rescate para todo olvido. Luego del deseo inocente de que el gesto cultural sea apreciado, está la realidad voluptuosa de que ese deseo es sobretodo deseo, es esencialmente deseo. No todo sujeto se piensa ubicado en un espacio cultural, y muchas veces ni se piensa como actor sociológico. Hay veces que los sujetos ni se piensan a sí mismos.

Entonces, en un paisaje realista (más realista que las aburridas bailarinas de Degas): el espacio literario es uno que contiende para ‘ser’, en términos aristotélicos y hegelianos. Es ubicar el barco esclavista en la pintura de Turner. Señalar el dolor en un cuadro de Basquiat. El sujeto escritor es el desafío a esa velocidad y presencia acaparadora de Golem. Es un sujeto que se asemejará más a la luz. Con esa velocidad siempre constante para lograr el reflejo, a pesar de contraponerse a la materia más densa, su emisión constatará el centelleo que distinguirá ‘lo literario’, como decía Valéry, de todo lo demás. Es acaso el escritor el artista que asume el más arduo de los retos. La música por su naturaleza se manifiesta de una manera que tendrá un receptor presente, quiera o no quiera, en el lugar que haya música sin audífonos, habrá un receptor. El artista plástico ocupará un espacio innegable y nunca separable a su obra. Para quien tenga ojos, el brochazo, la forma, la textura estará ahí, y aún sin voluntad, el espectador tendrá que reconocer su hallazgo o lo que ha sido revelado ante sus ojos como materia concreta, frente a sus ojos ha acontecido el arte. Es la literatura el lugar que habrá de realizar su compleja tarea de atraer como moléculas a los lectores e incitar que ese lector preste el espacio de su mente, detenga su prisa, distienda su ontología y ocupe el espacio literario.

Elegía Marítima

Debí escribir esta misiva al llegar a casa aquella noche luego de estar horas buscándote en la oscuridad del mar. Pero tenía las manos temblorosas, todo de mí temblaba como las hojas que me mostraste cuando les daba el viento. Yo no estaba en mí. Era inmenso el caos en mí. Yo estaba en otra parte. Tal vez rogándole a lo que fuese, lo que pudiese ser, aquello que en mi mente no era posible hasta ese instante, algo que te devolviera a la orilla, algo que mostrase tu silueta en el horizonte contra el claroscuro de aquella noche terrible. Era inmenso aquel espacio, como un lienzo. Un supervacío, la estructura más grande que ha visto la humanidad, yo pensaba eso mientras te buscaba, aunque apenas podía pensar, pensaba aquella conversación que tuvimos cuando vimos el sol flotar como un globo encandilado, te explicaba como hay un punto frío en el haz de luz más antiguo del universo y ese punto frío se me clavaba en el pecho. Aquel instante me atravesaba. No había cosmología posible. Era un remolino voraz que me tragaba, me sacaba el aire, me sofocaba.
Seguramente si hubiese escrito en ese momento cuando ya estaba todo perdido, no hubiese recordado el rostro que figurabas cuando escuchábamos a Nina, tú en la cocina, yo en la butaca, el sonido del agua contra los platos, mi cabeza reclinada y la voz como viniendo del centro de un ausubo hueco

Played with fire and I was burn

Gave a heart but I was spurn
All these time I have yearned
Just to have my love return

Years have passed by
The spark still remains
True love can’t die
It smoulders in flame
when the fire is burning off
and the angels call my name
Dying love will leave no doubt
I’m the keeper of the flame 


Y sonreías. Aquella carta de manos temblorosas no se hubiese parecido a esta. Hubiese sido un remolino de orguídeas muertas que aceleran hacia un precipicio. Imposible ontología.
En cambio ahora, puedo escuchar como con la voz felina, esa voz felina que asumías en la madrugada, Porgy, me decías, yo soy Nina. Y la cantabas. Como una dulce centinela de mi sueño. 

I love you, Porgy

Me cantabas

Don’t let him take me
Don’t let him handle me and drive me mad
If you can keep me
I wanna stay here with you forever
I’ve got my man

Cantaba Nina.

Someday I know he’s coming to call me
He’s going to handle me and hold me soon
He’s going…

Pero la cantabas tú. El océano. Annabel Lee. De eso hablaba la canción, yo ignoraba el deja vu. Yo intuía que algo no se parecía a la figura exacta de tus gestos. Intuía que aquel momento no encajaba como aquella pieza del rompecabeza que estuvimos buscando en la arena. ¿Recuerdas? Era un fragmento de una barcaza azul que contabas te traía a la memoria  cuando ibas en una parecida para ver la aurora boreal en tu último viaje. 

Komorebi. Llegaste con esa palabra de ese viaje. Lo recuerdo como ahora. La escuchaste.en una conversación e indagaste curiosa. Esa luz que se esparce entre las hojas temblorosas por el viento. Pero esa noche, aquella noche que regresé sin ti, no había critpografía, ni luz posible, ni palabras como signo, ni lenguaje. Sólo un supervacío con un punto frío intenso. Una estocada de acero. Una muerte propia.

Memorabilia

[fragmento de novela]

El futuro es un espacio imposible.

La utilidad de los recuerdos la vino a entender muy tarde en la vida. Veía las fotos viejas. ‘Pero no sólo las fotos albergan recuerdos’. Allí estaba la maquinilla, el recuerdo de ese sonido en las noches, la luz a través de la cortina que cubría imparcialmente los vitrales de lirios diseñados en las ventanas.

Quería darle volumen al personaje. Decía que era una manera de densidad. Sólo en lo denso nos acercamos a una posible verdad y esa era su filosofía de escritura. «Sólo ahí ostentamos el recuerdo.» Igual que los pájaros, los libros nos recuerdan los lugares en los cuales hemos estado mucho más que el lugar mismo. Así guardaban los pájaros la memoria de lo leído. ¿Qué lees?- siempre me preguntaba cada vez que nos veíamos. Le interesaban esas cosas, los pájaros estaban ahí como una fuente incesante de la memoria.

Siempre pensé que esa memoria estaría adentro de sus ojos amarillos como un vórtice. Como una flor giratoria, como la machina de aquella noche en la cual no había un padre, yo me lo imaginaba así, recibiéndome, con los brazos abiertos, y con la dulce nube de algodón y la manzana glaceada, con el brillo fulgurante sobre el rojo más espeso de todos los rojos.

¿Te has quedado alguna vez embelesado con los colores de una imagen en la textura del aire? Eso precisamente es una flor.

Muelle

[fragmento de novela]

Y eso me ponía a pensar, por qué ese gusto por las fotos sobre la mesita de noche.

Por qué invocar a los queridos antes de dormir. ¿Para qué? Acaso el miedo a no regresar de lo que pareciera un vórtice de cosas, símbolos, memorabilia. Nunca soñé con la playa, pero sí con el mar pegando fuerte contra un gran muro cubierto de algas violáceas y verde obscuro, la lluvia de sal caía desde arriba luego de que la espuma descendiera por la pared de piedra y el sonido del desvanecimiento de la espuma era lo único en común entre ambos mundos. Ese sonido cuando arrastramos hasta el alma en las rodillas. El sonido del desvanecimiento del mar en mis heridas.

A mi que nadie me había explicado el tiempo, cómo se deshace, su delicadeza en el ser. La fragilidad. Recordé un soplador de vidrio, los colores que reflejaban el candor del fuego. Sus anaranjados. El tiempo tiene una maleabilidad  y es azul cobalto. Pero se deshace, así como el horno encandila en el cristal lo que estaba por perderse. Así eran los recuerdos.

Había una media de colar café. Hice café mientras nos calentábamos las manos con la fricción acelerada. El pan y el café con leche sobre una mesa de caoba. El descenso del café como un riachuelo, ese sonido constante me traía a la memoria que somos breves como el sorbo y acaso una pulsación del tiempo. Dafne vivía con la filosofía  de vivir la vida como algo que se olvidaría inescapablemente mientras yo la vivía con la convicción de otro tiempo posible. Le reventaba que esa era mi filosofía de vida. Total, de lo que había presagiado sólo los solsticios eran ciertos. Tan ciertos como el trozo de pan cortado en rebanadas, doradas por fuera, con algo de tibieza adentro, y un café recién colado en media. Desterrando todos los olores que habitaban la humedad del lugar. La taza de café colocada sobre un platito de porcelana con un barco pesquero dibujado en tinta azul al lado de un muelle sobrevolado por pájaros diminutos que habrían requerido un trazo firme y preciso como un reloj sueco. Había un tablillero repleto de bibelots, la pared contigua llena de relojes con sus péndulos todos funcionando excepto uno que otro rememorando la naturaleza de una casa abandonada. Como en el horror vacui, no había espacio para el espacio en aquella pared. Y eso nos hacía pensar en el espacio. Ahora la libertad era adentro. Afuera, los pájaros habían creado pánico. Lo habían ocupado casi todo. Los cables, las ramas de los árboles, las piedras, algunos botes abandonados.