Azogue

'Nada es idéntico a la suma
exacta de sus apariencias' - Paul Valéry

Lo que le inquietaba en sus desvelos era esa distancia entre la palabra y lo que la palabra representa; la distancia entre la palabra pensada, la palabra dicha y la palabra escrita. Esos puentes de azúcar cristalizada. El sentido inasible de la existencia de las cosas en el sonido espejo donde reconocemos un lugar común. Un fotógrafo que siempre quiso ser director de cine. Cada vez que fijaba el botón de su cámara sentía que se interponía una distancia parecida entre el objeto capturado y la memoria. Algo muy parecido a lo que sucede con las palabras. Luego, repasando sus fotos impresas, se quedaba con la sensación de que tenía recuerdos por asir, como sentir la tensión de un hilo de pescar y percatarse de que está enganchado a un vacío. Nada pasa. Hubo una fuga. Así era que él definía la vida, una fuga constante de memorias. Mientras me leas yo existiré. Le decía en sus cartas. Para él, esa línea era casi como aquel disco de Miles Davis que solían disfrutar juntos los viernes en la tarde luego de que ella llegara y se quitara los tacos para dejarlos justo en medio de la alfombra. O la fina tela que cubre la acerola que acostumbraban a saborear con los ojos cerrados mientras escuchaban la música dejando las semillas cerca del borde del plato, momento que él siempre recordaba al escuchar el nombre de la fruta. Esa distancia recorrida entre la palabra y la memoria como una cuerda tensa sobre la cual caminan los pies descalzos de alguien a quien no le importa la muerte.

Esos momentos en las tardes donde jugábamos a hacer tonterías, muecas al lente de la nikkon vintage, para luego esperar la sorpresa de la imagen posible en el cuarto obscuro. A mi me gustaba cuando esperando que pasaran las horas ella se quedaba dormida recostada junto a mí, el olor de su cabello me fijaba la idea en la cabeza de que nunca el tiempo es de lo perdido sino de la voluntad del geómetra en cada uno de nosotros. Cuando se busca el sentido de una forma reminiscente de la importancia que le atribuímos a algo conectándolo con otro algo y así sabemos qué precisamente es lo que nos hace sentir vivos. La búsqueda de ella no era igual a la mía. Y esto lo abarcaba todo. Nunca la búsqueda del otro coincide con la nuestra. Y la importancia que le adjudico a una foto no es lo que ella busca. Ella, más que la imagen, busca que el sonido de un sonido melifluo le calme los pensamientos, la haga olvidar el mundo. Busca que lo que yo indague en la imagen sea el tiempo lúdico, la mueca, las torceduras de su boca y ojos y la risa, el tiempo en el cual ella se sienta resguardada para luego irse de nuevo en el tren de las seis de la mañana y comenzar sus tareas automatizadas entre papeles y comandos. Pero ese enigma tan incrustado en su secreto me tomó tiempo aprenderlo. Siempre pensé que para que el sentido de una cosa fuese real alguien debía compartirlo conmigo. Me tomó tiempo saber que apenas alguien comparte un mismo plano, una misma faz de algo, el significado de una palabra. Me tomó tiempo aprender que somos líquidos.

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